3 de mayo de 2013

FELIX RODRIGO MORA EN LA "CASA" DEL BAH DE VALLADOLID




Félix Rodrigo Mora




Siglas del grupo "Bajo el asfalto está la hierba"




El pasado sábado 27 de abril, mi amigo el gran pensador y humanista  Félix Rodrigo Mora, regresó nuevamente a Valladolid, desde que el 14 de ese mismo mes pero del año anterior, nos hubiera igualmente honrado con su visita, invitado aquel entonces por “la ventana esmeralda”, a unas intensas y memorables jornadas que ya han hecho historia.
De la talla intelectual del discurso de Félix, me ahorraré los comentarios, limitándome a adjuntar el audio completo de su intervención (al final de este artículo), únicamente diré que, una vez más, la claridad de ideas y la profundidad de sus convicciones, fueron el santo y seña de un hombre al que tantos admiramos, y que se ha ganado, por derecho propio, el respeto de toda una generación.
Me centraré, principalmente, en el entorno donde tuvo lugar este encuentro y en el ambiente que se creó a su alrededor, un encuentro que se desarrolló en “La Casa”, entrañable término con el que conocemos el otrora espacio abandonado y medio derruido que, desde hace ya varios años, vienen okupando varias familias, tras rehabilitarlo y convertirlo en su hogar, en medio de un corral y de unas tierras que han preparado para la siembra y que trabajan diariamente, y de cuyos frutos se nutren y alimentan.
Aparte de la jornada de “puertas abiertas” en la que se mostró a quiénes lo desearon, algunas técnicas de riego, a última hora de la tarde, nos reunimos en “La Casa” unas ochenta personas, pertenecientes a diferentes sensibilidades sociales y políticas y cuyo común denominador fue el inconformismo militante frente al Sistema y la coherencia en el modo de trabajar por un cambio cierto en los esquemas sociales y mentales.
Un ambiente cálido, donde se respiraba libertad, respeto y autonomía; un espacio donde no había lugar ni para la televisión, ni para ningún otro artefacto tecnológico subyugante, y en el que varios cartelitos te “invitaban” a que quemases tu móvil; un espacio donde no había ningún lujo, pero tampoco nada que echásemos de menos porque allí parecíamos tenerlo todo; varias horas en armonía, ni siquiera “rota” por asaltos fascistas como el que Félix sufrió hace muy poco tiempo en Zamora en una charla organizada por la CNT.
Un espacio donde, cuando se hizo de noche, sólo brillaban dos simples bombillas (y una de ellas con dificultad) gracias a una energía conseguida por medios artesanales, y en el que, los tableros de las mesas, que sirvieron para una cena vegana, eran los reversos de unos lencerados sobre los cuales los padres enseñan a escribir a sus hijos sin necesidad de ninguna clase de adoctrinamiento religioso ni del Estado.
Un lugar donde hubo la oportunidad de intercambiar pareceres, de conocer nuevas personas, de comprender que somos muchos los que estamos en la misma onda, donde cuando hablas te sientes respetado, y donde cuando escuchas, interiorizas con tu yo más íntimo, porque, en ese lugar, aunque a algunos les suene a blasfemo, se respiraba, en medio de una inequívoca bocanada poética, espiritualidad de la auténtica.
Aunque es hora de superar los estereotipos, me gustó ver gente con gorras que me recordaban a los anarquistas de antes y a los antisistemas de ahora, así como la más variada amalgama de vestidos y de colores, que hablaban de todo, menos de uniformidad y de mal gusto, y sí de un creativa y heterogénea diversidad; me encantó acariciar el precioso perro de una de las asistentes, uno de esos emblemas que la escoria reaccionaria ha aprovechado para tildar a cualquier rebelde que se alza contra el Sistema como “perro flauta”, un término que, para su disgusto y muy por el contrario, debe de enorgullecernos, porque, no sólo, solemos ser amigos de los canes, sino que también suele gustarnos el sonido de unos instrumentos musicales tan ensoñadores como aquella.
Y tras cenar, con la moderación y la templanza propias de quiénes aspiramos principalmente a alimentarnos con los valores que tanto nos unen y nos llenan, la Música, una música con tintes irlandeses salidos de las cuerdas de los violines y de la guitarra de los tres artistas que formaron parte de aquella bonita y también inolvidable velada, medio en penumbra, antesala que invitaba al romanticismo.
Una vez más, amigo Félix, has sido capaz de aglutinar en torno a tu mensaje, y espoleado por la rebeldía y por el inconformismo, a un público ávido de Verdad, esta vez en esa “Casa”, que es la tuya, y donde los amigos del admirable grupo Bajo el Asfalto está la Hierba BAH, nos brindaron a todos la oportunidad de vivir unas horas entrañables al calor de la simpatía, la generosidad y la autenticidad de quiénes, haciendo alarde de nuestra coherencia, volamos libres, igual que el viento, y nos regalamos, sin condiciones, el valor eterno de la calidez de la conversación, a lomos del lenguaje de una sonrisa arropada por el manto creativo de la espontaneidad fecunda.
Nota: no adjunto fotografías del espacio okupado por “La Casa”, ya que por respeto a sus moradores, al no conocer si ese podría ser su deseo, he preferido no hacerlo.
Aundio completo de la intervención de Félix Rodrigo Mora en la Casa del BAH de Valladolid el sábado 27 de abril de 2013

24 de abril de 2013

Grecia ha muerto


2013-04-22  
 
A los hospitales ya llegan los que desesperados, tras muchos meses de exclusión social, presentan cuadros solo vistos en antiguos libros de medicina... un hombre con el 90% de su cuerpo corroído por la sarna... una mujer con un tumor de pecho del tamaño de una naranja, tan grande que ya asoma por la herida que se limpia con servilletas de bar... médicos y enfermeras que salen del dispensario para que el paciente no les vea llorar...

Grecia ya apenas ocupa espacio en los medios, de un tiempo a esta parte sus problemas apenas son un murmullo entre el estruendo de los papeles de Bárcenas, las faldas de Corina, los diferidos y los simulados... Grecia ya no existe, es solo un montón de cenizas bajo una gran cortina de humo.
Silencio radio, término acuñado durante la Segunda Guerra Mundial, referido al cese total de las transmisiones. Aplicado al ámbito militar significa que no se permite comunicación alguna hasta nueva orden. El silencio de radio tiene como objetivo evitar la localización o alerta por parte del enemigo, impedir que las señales interfieran con las comunicaciones oficiales de una determinada misión, u operación de rescate.

Silencio, silencio absoluto... y que lo que no esconda el silencio... que lo esconda el ruido.

Grecia ya apenas ocupa espacio en los medios, de un tiempo a esta parte sus problemas apenas son un murmullo entre el estruendo de los papeles de Bárcenas, las faldas de Corina, los diferidos y los simulados... Grecia ya no existe, es solo un montón de cenizas bajo una gran cortina de humo.

Quizá sea pura prevención... quizá sea por nuestro bien, quizá sea que lo que fue Grecia se ha transformado en una inmensa bola de cristal, la que refleja con detalle nuestro porvenir... lo que está por llegar... y por eso ya no se habla de esos once millones de personas que no hace mucho parecían ser el centro de la economía mundo, el epicentro de la gran quiebra occidental... quizá no sea por ninguna de esas razones, y sea porque ha comenzado la voladura controlada del mundo que conocimos.

Siento curiosidad por saber cómo harán para, llegado el momento, volver a conectarnos con aquél pozo de miseria, cuales serán las palabras que justifiquen tan prolongada desconexión, su salida de las portadas de los grandes periódicos, cómo enlazarán la simple crisis con ese infierno en que se ha convertido Grecia.

Ya lo sé... nos dirán que todo ocurrió ayer... nos darán grasientas raciones de medias verdades y embalsamados enviados especiales... o simplemente callarán... es lo más probable.

Saltarán de la nada al holocausto, que eso siempre impacta en el telediario de las tres, y luego, poco a poco, irán administrando las imágenes más duras... los testimonios doblados con voz de tarado... y todo ligeramente desenfocado, los colores desvaídos  los rostros difuminados, con aspecto de catástrofe en un país muy, muy lejano, lejano y distinto... cuando distinto significa peor.

Lo que hoy ocurre en Grecia es muy fácil de entender... es que la crisis ya pasó... y han entrado en un indefinible estado de agonía, a medio camino entre la guerra civil y la postguerra.

El documento de rendición se llama  MEMORANDUM.

Allá por febrero de 2012, los parlamentarios griegos pusieron su firma en lo que no es más que una condena a muerte de todo un país. “Memorando de Entendimiento” (MOU en sus siglas en inglés), es la entrega sin condiciones de la soberanía de Grecia en manos de bancos y empresas extranjeras. Páginas y páginas en las que se diseña el paulatino y sistemático desmantelamiento del estado, la usurpación de sus recursos naturales, de sus industria, de lo más necesario para la supervivencia de los ciudadanos...

El edicto impone normas estrictas para todo, desde la reducción de gastos en medicamentos de vital necesidad a las “limitaciones impuestas a los minoristas en la venta de productos de categorías restringidas, como alimentos para bebés.”
En otro apartado exige un progresivo recorte del sueldo de los funcionarios y demás trabajadores del gobierno, descapitalización de los fondos de la seguridad social y pensiones, privatizaciones de activos de propiedad pública, y una consecuente reducción del PIB. Algunos de sus párrafos dicen así:

“El gobierno está comprometido a sacar a la venta las participaciones que aún mantiene en empresas propiedad del Estado, si es necesario, para alcanzar el objetivo de la privatización total. El control público será puramente testimonial y limitado solo a casos críticos...” 
“El gobierno no propondrá ni implementará medidas que infrinjan en modo alguno las normas del libre movimiento de capitales.”
“El gobierno griego debe revocar el derecho a huelga y a la negociación colectiva, derogar la legislación sobre el salario mínimo que socava la “competitividad de los costes” (ya se ha aplicado en cuatro ocasiones la ley marcial)
“El gobierno establecerá un mecanismo especial para revisar el tratamiento de determinados contenciosos judiciales (evasión de capitales), mecanismo que ha de incluir incluso la posibilidad de eliminar de los archivos judiciales ciertos casos en espera de ser juzgados”

Atenas permanece oculta bajo una espesa capa de humo, parte de ese humo proviene de las estufas de quienes ya no pueden pagar la factura de la luz, de quienes han arrasado los bosques que rodean la ciudad para conseguir madera gratis y no morir de frío durante este invierno... otra parte de ese humo procede de los edificios en llamas, edificios que ya no arden por ser atacados con cócteles molotov, sino con explosivos caseros.
En la Plaza de Exarchia, en el mismo centro de la capital, ya no existe nada que pueda recordar al lugar que fue en su día. El pequeño comercio ha desaparecido, traficantes de todo tipo se entremezclan con grupos de jóvenes ansiosos por dar con el responsable de su rabia y de su frustración, la mafia albanesa de la heroína se ha establecido definitivamente y campa a sus anchas, bandas de chiquillos la emprenden a golpes con todo aquél que tenga aspecto de inmigrante...
No muy lejos de la plaza, cientos de bolsas azules llenas de fruta son repartidas por miembros de "Amanecer Dorado" entre los paseantes (previa inscripción voluntaria en el partido)... ya ni siquiera se dejan ver por el barrio los lujosos descapotables cargados de chicos, chicas, y bolsos de Louis Vuitton, hijos de familias acomodadas ansiosos por "saborear la revolución"... la violencia ya dejó de ser contenida, casi al mismo tiempo que la miseria. Pintadas desmañadas cubren cada pared, muchas de ellas reivindican ataques a edificios públicos, otras prometen venganza por la muerte de Lambros Funtas, miembro del grupo armado "Lucha Revolucionaria"... un muro empapelado con carteles recordando la muerte de un quinceañero llamado Alexis Grigoropulos... más nombres... todos muertos a tiros durante enfrentamientos con la policía.

No solo Atenas ya no es Atenas... nada es como era en Grecia... todo se refleja en un espejo imperfecto que ya nadie llama crisis... todo se ha deformado hasta lo irreconocible. Coches negros con los cristales tintados llegan de cuando en cuando a las barriadas de inmigrantes para atropellarlos, incluso ante la complaciente mirada de la policía...

Las posibilidades de encontrar trabajo ya no son distintas entre jóvenes y adultos, todas se reducen a empleos por horas, a esporádicas reparaciones a domicilio, a cobrar en especias... a ganar cinco euros al día por ayudar en un taller o en una panadería, a conseguir algo de pan o chatarra que vender para pagar la gasolina del generador eléctrico... comprar champú, mantequilla, pilas para la radio... y poder escuchar las palabras de Yannis Stournaras (Ministro de economía Griego)

"Si abandonamos la austeridad no recibiremos el siguiente tramo del préstamo. Hemos establecido objetivos que tenemos que cumplir. Si no, perderemos la confianza que hemos empezado a reconstruir"

Los griegos se preguntan cuando comenzó esta guerra que no han visto empezar, esta guerra sin trincheras, sin banderas y sin cartelones llamando a filas... esta guerra sin bombas, pero con tanta miseria como la que más... esta guerra sin noticias del frente.

Amnistía Internacional ha denunciado ante la Comisión de Derechos y Justicia de la UE en Bruselas el hecho de que se esté deteniendo a personas sin la asistencia de un abogado, que se las incomunique y se las torture... son de ver los groseros retoques de la fotografías tomadas a los detenidos para ocultar las señales de sus rostros.

Patrullas compuestas de policías y miembros de "Amanecer Dorado" patrullan las calles y dan caza a todo aquél con aspecto de ser inmigrante.

Ya son más que habituales los multitudinarios saqueos de los supermercados, ya nadie se extraña de la complicidad de los mismos empleados que facilitan  a los asaltantes el acceso a la comida y artículos de primera necesidad. Son varios los asaltos a sucursales bancarias en los que los atracadores han repartido el dinero entre los viandantes.

Cientos de pequeños empresarios agrícolas se niegan a cumplir la orden del gobierno de destruir sus productos y deciden distribuirlos gratuitamente por colegios y hospitales.

Casi un centenar de activistas armados con cócteles molotov atacaron una mina de oro y cobre situada al norte del país, una mina cuya explotación se ha cedido a una empresa canadiense... una mina de la que se esperan extraer más de 12.000 millones de euros solo en oro... una empresa que paga a al estado griego apenas 11 millones... una mina que está causando efectos desastrosos en la agricultura y la pesca de toda la zona.

La mitad de los griegos viven ya bajo lo que se considera índice de pobreza. El 9,5% de paro de antes del "rescate" se ha transformado en un 28%... hoy sólo uno de cada siete parados recibe algún tipo de subsidio... subsidios que oscilan entre un mínimo de 180 euros y un máximo de 468 euros... por un periodo nunca mayor de 12 meses. Los más afortunados... los pensionistas y los que aún conservan su trabajo, se han visto obligados a aceptar un recorte del 50% de sus ingresos... a renunciar a su derecho de estar asegurados.

En Grecia ya no existe ningún tipo de deducción fiscal para familias numerosas, en paro, o con miembros discapacitados... por el contrario, se han creado nuevos impuestos sobre la vivienda y las rentas del trabajo... las exenciones fiscales a las grandes multinacionales alcanzan en algunos casos el 60%... la carga impositiva sobre pequeñas y medianas empresas se ha incrementado en un 420%... y con ese dinero se rellena esos agujeros negros llamados "recapitalización bancaria" o "pago de la deuda"

El consumo de gasóleo para calefacción ha caído en más de un 75%... y aún así su precio se multiplicado por tres desde 2009. A pesar del frío intenso de este invierno, a pesar de que incluso la Corte Suprema ha declarado inconstitucional el corte de luz por impago, el gobierno ha cedido a las presiones de las grandes compañías energéticas y casi un tercio de los hogares no reciben suministro eléctrico desde hace meses.

El presupuesto sanitario ha quedado reducido a al mitad... el copago de las medicinas se ha doblado... una gran mayoría de los griegos ya no pueden pagar sus medicamentos... Los diabéticos no pueden costearse la insulina, el uso de antidepresivos y otros fármacos para prevenir el suicidio, están fuera del menú, las tasas de tuberculosis y VIH son altísimas.
El Centro de Control de Enfermedades de la UE ha emitido un informe que avisa contra el más que probable rebrote de todo tipo de infecciones y enfermedades contagiosas... la asociación de médicos advierte del espectacular incremento de casos en los que bebés son llevados a los hospitales con graves problemas estomacales dado que los padres no pueden pagar los adecuados a su edad.
A los hospitales ya llegan los que desesperados, tras muchos meses de exclusión social, presentan cuadros solo vistos en antiguos libros de medicina... un hombre con el 90% de su cuerpo corroído por la sarna... una mujer con un tumor de pecho del tamaño de una naranja, tan grande que ya asoma por la herida que se limpia con servilletas de bar... médicos y enfermeras que salen del dispensario para que el paciente no les vea llorar...

“Grecia debe salir, rápida y temporalmente del Euro, y aún a riesgo de la definitiva destrucción de su economía, su moneda habrá de ser devaluada en un 20/30%. La situación actual ha llegado a un punto tal de degradación que podría ser considerada como tragedia humanitaria, y por tanto, deberíamos empezar a barajar la hipótesis de pedir la intervención de la ONU”. 


Estas son las recomendaciones de un reciente informe presentado con urgencia ante el Consejo de Europa, el BCE, y la Oficina de Preupuestos y Hacienda de la UE. Está firmado por los más influyentes economistas de Alemania, entre ellos Hans Werner Sinn (asesor personal de Merkel).

Probablemente seguiremos escuchando palabras como "rescate" "ayuda" o "recuperación" durante mucho más tiempo... las palabras "genocidio", "catástrofe humanitaria", o "crímenes contra la humanidad" todavía tardarán en llegar... si es que llegan.

Alguna razón habrá para que ya nadie hable de Grecia... será por ocultarnos ese futuro que nos viene... será por no alterar esa falsa esperanza de que todo este infierno será para bien... o tal vez, sencillamente... porque Grecia no ha soportado tanta ayuda... porque Grecia ha muerto aplastada por el rescate... o quizá porque, bajo el silencio radio y tras la gran cortina de ruido,  Grecia ya no existe... y comienzan a surgir otras nuevas.

“La economía griega está acabada. La economía griega está en una tremenda depresión… No hay potencia, no hay fuerza dentro de la economía griega, ni hay fuerza dentro de la sociedad griega para evitarlo… Imagínense si estuviésemos en Ohio en el 1931 y preguntásemos: ¿Qué puede hacer la casta política de Ohio para conseguir sacar a Ohio de la Gran Depresión? Y la respuesta es “nada”.
Yanis Varoufakis, economista griego.  


Yanis Varoufakis, economista griego.

28 de marzo de 2013

No nos parece bien la defensa del “estado de bienestar”

Grup Antimilitarista Tortuga


  ¿Estado de bienestar, o revolución?
#TITRE    Algunos partidos políticos, organizaciones y sindicatos del estado español que dicen ser “de izquierda” aúnan en estos tiempos voces y esfuerzos para defender aquello que llaman “estado de bienestar”.  Ello lo hacen en medio del aplauso de gran parte de la sociedad, la cual se entiende beneficiaria de dicho estado de bienestar y por ello partidaria de su pervivencia.
  En Tortuga tenemos otra perspectiva.
  Asociamos “estado de bienestar” a otros términos mucho menos halagüeños: “sociedad de consumo”, “primer mundo”, “Europa rica”… Tras la pertinente comprobación histórica, concluimos que en general esta forma política y social tal como la conocemos hoy no es tanto la conquista de las luchas del movimiento obrero como se afirma de forma  exagerada, sino que obedece en mucho mayor medida a las necesidades e intereses de las instituciones estatales liberales y capitalistas, intereses que se agudizan sobre todo a partir de la Segunda Guerra Mundial. Estas élites, en plena mundialización de la economía y de la guerra fría contra el comunismo, optaron por generar en determinadas zonas del planeta  una cierta redistribución de la riqueza allí acumulada, parte de la cual se repartió entre amplias capas sociales en forma de servicios y subsidios, siempre administrados y dosificados por los aparatos estatales. Este tipo de políticas contaban ya con pequeños antecedentes desde principios del siglo XIX, pero fue en este momento, coincidiendo con la acuñación del término “estado de bienestar”, cuando se apostó fuertemente por ellas.
    Con estas políticas las clases dominantes a nivel mundial obtuvieron durante toda la segunda mitad del siglo XX y casi hasta nuestros días, la desactivación de las luchas obreristas revolucionarias en el primer mundo, conjurando así la amenaza socialista. Dichas élites se rodearon de un amplio y cómodo colchón amortiguador de “ciudadanos” conformistas con el orden liberal establecido, beneficiarios de cierta capacidad adquisitiva o de consumo, acostumbrados a depender cada vez en mayor medida y para más cosas de la institución estatal  y, en el mejor de los casos, partidarios sólo de cambios políticos y sociales de carácter superficial.
Este análisis se complementa con razones económicas, de tanta, y quizá incluso de mayor relevancia que las anteriores, que tienen que ver con la teoría del economista John Keynes: la redistribución de servicios y subsidios entre la población de nuestros países occidentales también pretendió en su día la implantación de fuertes mercados internos que sirvieran de motor al desarrollismo económico capitalista.
  En el caso español es revelador que, a pesar de la existencia de numerosos hitos de legislación y política laboral y social que se veían dando desde principios del siglo XIX, de la mano, justamente, del desarrollo del aparato estatal liberal, la implantación de una parte fundamental del estado de bienestar tal como ha llegado a nuestros días (Seguridad Social entendida como asistencia sanitaria gratuita universal, sistema estatal de pensiones y coberturas de desempleo cercanas al salario bruto) se la debemos principalmente a la dictadura franquista, y en concreto a leyes como la de Desempleo (1961) o la de Bases de la Seguridad Social (1963), promulgadas en tiempos de escasa o nula conflictividad obrera pero de fuerte impulso estatal al desarrollismo industrial. En esta implantación profundizaron posteriormente diferentes gobiernos de la dictadura, y se completó hacia 1978.
  Éste es el marco que se defiende hoy desde estos partidos, organizaciones y sindicatos citados.
  Frente a la defensa de un modelo económico totalmente incluido en el capitalismo y diseñado y promovido por las élites liberal-burguesas que vienen acaparando el poder político, desde Tortuga apostamos por una revolución integral superadora del capitalismo y del sistema no libre de gobierno que le es inseparable acompañante. Desarrollaremos en este escrito las características principales de nuestro concepto de “revolución” así como del tipo de sociedad y relaciones humanas a las que aspiramos. Pero antes nos detendremos en una crítica más pormenorizada acerca del estado de bienestar y en un sucinto análisis del momento de crisis que actualmente parece atravesar este modelo.
    El estado de bienestar es contrarrevolucionario
  En realidad, éste viene a  ser un modo de soborno o de compra material de lo que llaman la “paz social”, esto es, la ausencia de conflictos. De esta forma se logra que amplias capas de población de las sociedades en las que el estado de bienestar se da acaben viviendo con actitudes conformistas y con nulos deseos de cambio social. El miedo a perder lo que se tiene impide, o vuelve muy complicado, analizar en profundidad las causas y consecuencias del orden político y social y evita que se tengan oídos receptivos hacia quien lo cuestiona. Aborta, en definitiva, la posibilidad de que la sociedad tome conciencia de las contradicciones en las que vive y se organice con voluntad y determinación de obtener cambios sustanciales, es decir, revolucionarios.
    El estado de bienestar es injusto
  Porque no es ni puede ser universalizable. Se da, como decimos arriba, en virtud de una cierta redistribución de riqueza acumulada en una porción minoritaria del planeta denominada “primer mundo”. Una importante porción de esta riqueza no se genera en nuestros países sino que es expoliada del resto del mundo, o sea, de los países llamados (a causa de ello) empobrecidos, y depositada aquí. Tal cosa se consigue empleando multitud de fórmulas: colonialismo-imperialismo económico, multinacionales, deuda externa, reglas comerciales impuestas por el primer mundo, instituciones como el FMI, la OMC, etc. Llegado el caso, la maquinaria militar primermundista se convierte también en herramienta del robo de riqueza de esos países del tercer mundo, como podemos comprobar en los casos de Iraq, Libia o la República Democrática del Congo, por citar algunos de los más paradigmáticos en ese sentido.
  Las grandes corporaciones expoliadoras emplean buena parte del capital que obtienen con dichas operaciones de colonialismo económico en realizar inversiones en los países del primer mundo donde están radicadas, dinamizando su economía y generando empleo. La tributación directa al estado de las grandes corporaciones, e indirecta a través de la economía subsidiaria que generan, es la que permite a éste recaudar el dinero “suplementario” con el que ofrecer a la ciudadanía los bienes y servicios que definen el estado del bienestar y de los que por supuesto no pueden gozar los habitantes de los estados expoliados, los cuales además sufren grandes daños en su propia economía doméstica. Un ejemplo menor pero muy clarificador podría ser la pesca del atún en las costas del Cuerno de África. Como puede apreciarse, el estado de bienestar es un producto resultante de las peores dinámicas del sistema económico capitalista, y su existencia guarda relación directa con la pobreza extrema de una parte mayoritaria de la humanidad.
  El estado de bienestar es antidemocrático
  De forma harto paradójica, la palabra “democracia” ha llegado a ser la más comúnmente utilizada para definir sistemas políticos que en realidad son de dominación. Nos cuesta hallar en la historia de los estados un orden de gobierno que en los hechos se haya correspondido con lo que intenta significar el vocablo. Es por ello por lo que tenemos ciertas reservas a la hora de emplearlo. A nuestro juicio solo cabe hablar de “democracia” cuando cada persona puede participar libre y directamente en la decisión de aquellas cuestiones que le afectan. En consecuencia solo será “democrática” una sociedad que garantice tal principio a pequeñas y grandes escalas y ninguna otra.
El estado de bienestar es la concreción más pura y acabada del estado-nación liberal y burgués diseñado en el siglo XIX. Su existencia es el formidable logro de una situación en la que una pequeña élite acapara todo el poder de gobernar y dispone de la mayor parte de riqueza y medios para producirla, mientras que la mayoría desposeída completamente de poder y de la parte principal de la riqueza vive conformándose con su situación, satisfecha con los servicios materiales que recibe del estado y convencida de que pertenece a una sociedad libre y democrática.
  Aunque el sistema de elecciones cada cierto número de años trata de dar carta de naturaleza a una pretendida “soberanía del pueblo”, la realidad es que la alianza entre una pequeña oligarquía de políticos profesionales, la alta burocracia del estado, los poderes económicos y los medios de comunicación mantiene bien controlado el acceso a los centros de poder en todos los países donde se da el estado de bienestar. Los votantes en todos estos estados, entre los que se encuentra el nuestro, están irremisiblemente abocados a optar solo entre opciones políticas continuistas. En cualquier caso, incluso aunque se diesen fórmulas electorales más abiertas, el resultado práctico seguiría a años luz de la democracia, ya que ésta, como decimos, supone la participación decisoria de las personas en aquellas cuestiones que les afectan. Nada de eso sucede en las sociedades del estado de bienestar, en las cuales las personas, denominadas “ciudadanos”, no tienen ninguna forma de decidir tales cosas y sólo reciben el dudoso derecho de votar cada cierto número de años para elegir a los miembros de la élite burocrática que han de regir irremisiblemente su vida y destino durante la siguiente temporada.
  En el supuesto, cada día más inverosímil, de que fallase alguno de estos mecanismos de control, el aparato estatal-capitalista tiene otra carta guardada en la manga: la policía, el ejército y la cárcel.  Estos órganos del aparato estatal son la definitiva negación de la democracia y el anuncio de viva voz de que nadie puede evitar obedecer las decisiones de las élites gobernantes ni muchísimo menos cuestionarlas en su esencia.
Es paradigmático el papel que juega la institución militar, que, como decíamos antes, es un elemento de primer orden como garante armado del expolio comercial del Norte sobre el Sur. Pero de puertas adentro, y en compañía de su institución vicaria, la policía, desempeña una función igualmente trascendente como última y determinante barrera defensiva de los intereses de la minoría en el poder. Desgraciadamente en el estado español disponemos de abundante experiencia al respecto en los últimos 200 años. Desde los habituales pronunciamientos militares decimonónicos hasta las facultades que la misma Constitución vigente concede al ejército (pone los pelos de punta  leer todo lo referido a estados de excepción, de alarma, a situaciones bélicas y más cosas) pasando por una ominosa y no tan lejana dictadura militar de casi 40 años.
  El estado de bienestar es antiecológico
  Estado de bienestar y sociedad de consumo vienen a ser sinónimos. El alto desarrollo industrial y tecnológico, así como los mecanismos capitalistas de expolio y concentración de la riqueza, han puesto en manos de amplias capas poblacionales de los países ricos una capacidad inédita de adquirir y consumir alimentos,  productos manufacturados y servicios (por citar un ejemplo, los viajes en avión).  Palabras como “crecimiento”, “desarrollo” y su eufemismo progre “desarrollo sostenible”  o “de calidad” han sido y son mágicas consignas que han despertado maravillas en los oídos aburguesados de tanta gente. No pensamos que sea necesario extendernos para alertar de los efectos de tanto “desarrollo” y tanta capacidad de consumir y sus consecuencias a niveles medioambientales y de salud pública.  Pocos dudan de la imposibilidad material de  exportar a más lugares del planeta el modelo despilfarrador e irresponsable en lo material que caracteriza a todos los estados de bienestar (lo cual lo hace doblemente injusto), puesto que el colapso medioambiental sería casi inmediato. Pero es que ni siquiera es preciso llegar a formular dicha hipótesis. Incluso circunscribiéndonos a los lugares del mundo en los que se da ahora, la consecuencia del consumismo practicado en el estado de bienestar estaría ya causando daños irreversibles al planeta (destrucción de la atmósfera, de la biodiversidad…). Daños que, de no corregirse a corto plazo, amenazan con ser devastadores.
    El estado de bienestar es antihumano
  Otro sinónimo de estado de bienestar podría ser “sociedad del espectáculo”. Nosotros iríamos más allá y emplearíamos el término “sociedad del adoctrinamiento”. La apuesta decididamente material y furibundamente antiespiritual y antimoral de este modelo de sociedad, unida a los mecanismos adoctrinadores que posee la institución que está en su centro —el estado— también están generando un tipo de persona en permanente regresión.
Sistema educativo, cultura de masas, medios de información y comunicación… todo ello navega en una misma dirección —desde el poder hacia los individuos de la sociedad— generando una forma de concebir la realidad que ha sido definida como “pensamiento único”.
  La apuesta del citado pensamiento único por el materialismo y el utilitarismo en todas sus expresiones, así como por una manera relativista y no ética de vivir en sociedad están logrando poco a poco la desaparición de formas relacionales populares tradicionales, de realidades de apoyo mutuo a diferentes niveles y de imbricación de unas personas con otras. Los valores cooperativos y solidarios que existieron tradicionalmente en numerosas colectividades van siendo sustituidos por actitudes egoístas e individualistas de darwinismo social, las espiritualidades se permutan por comportamientos hedonista-vacacionales, y la moral de las sociedades y la ética de las personas van siendo usurpadas en todos los casos por “lo que digan las leyes” y los tribunales del estado. A esto último le han puesto el nombre de “estado de derecho”.
  Cualquier revolución, cualquier sociedad que valga la pena requerirá personas capaces de vivirla, seres humanos que realmente deseen la justicia, amen la libertad y estén dispuestos a luchar y sacrificarse para su consecución. El estado de bienestar, podemos afirmarlo, no contribuye a que exista ese tipo de personas. Más bien a todo lo contrario.  
    ¿Por qué ahora el estado de bienestar está en crisis?
  En nuestra opinión, por varias causas.
  En primer lugar, las élites que controlan el poder político y económico en el primer mundo, a partir de la caída del Muro de Berlín y del derrumbe del bloque leninista, han ido paulatinamente perdiendo interés por un modelo que ya no les es tan imprescindible como antes. Una vez conjurada la “amenaza comunista” y lograda la garantía de que la población del primer mundo ha perdido cualquier tipo de deseo revolucionario, no necesitan invertir-repartir tanta riqueza en sobornar a la sociedad primermundista para apagar la llama insurreccional. Una vez los mecanismos adoctrinadores han dado su fruto y la inmensa mayoría de la población no cuestiona la ficción democrática del parlamentarismo, es posible aumentar la cuenta de beneficios —deseo permanente del gran capital por su propia naturaleza— a costa de algunas prestaciones estatales. Ese es el camino que se ha recorrido desde los años 90 hasta aquí, si bien en los últimos años se ha acelerado por causa de la crisis económica.
  Una crisis que constituye un factor añadido. La burguesía —entonces clase social—, desde el  siglo XIX organizada en torno a la institución del estado-nación liberal, es quien ha estado hasta hoy al mando de política y economía, tratando de mantenerse erguida  a lomos de una bestia más bien poco controlable: el sistema económico capitalista. Dicho sistema, como es sabido, tiene sus ciclos largos y cortos, sus crisis financieras y sistémicas, sus recesiones e incluso una serie de contradicciones en las que podría estar escrito su derrumbe final. Hasta ahora la burguesía, luego convertida en oligarquía dominante, ha sabido cabalgar la bestia adaptándose a todos sus movimientos. Según han ido sucediendo unas y otras crisis, estas personas, desde la institución estatal, auténtica torre de control también de la economía, han ido tomando las decisiones convenientes para mutar y adaptarse a la nueva situación. Así, el sistema económico, según momentos y zonas, ha sido librecambista, proteccionista, keynesiano o ultraliberal (entre otras formas). El modelo económico ligado al estado de bienestar, el keynesianismo, ha venido siendo útil en momentos de fuerte desarrollismo. Los gurús de la economía han decidido que no es el más conveniente para capear momentos de crisis, y en consecuencia los gobiernos de los estados proceden hoy a recoger algunas de esas velas.
  La crisis, que es productiva tanto como financiera, ha descuadrado el balance contable de los estados occidentales, los cuales se ven obligados a adoptar medidas de ahorro en su propia administración, así como ajustes diversos en las economías “nacionales” por una cuestión de “competitividad” ante otras economías emergentes. A ambos tipos de medidas responden  los llamados “recortes sociales” que tanto rechazo generan en la población. Como la otra de las causas del “estado de bienestar” es la generación de mercados internos de consumidores, cabe interpretar que las autoridades de los estados occidentales tratarán de practicar los mínimos recortes que juzguen suficientes y cuya cuantía va a depender de la dimensión y duración de la crisis. Al menos en teoría. Como la citada crisis económica no solo afecta a los estados, sino también a las empresas privadas estamos asistiendo en numerosos países occidentales —en el estado español, por ahora, en pequeña medida— al “rescate” o adquisición por parte de los estados de empresas en crisis, bancos principalmente.  Este trasvase de propiedad y de recursos económicos entre grandes empresas y estados (se privatiza, se nacionaliza, se vuelve a privatizar, se emite deuda, se “rescata” al banco que compró la deuda… moviendo fondos existentes e inexistentes de aquí para allá, pero siempre en manos de las minorías dominantes) es una patente demostración de que la institución estatal y el sistema económico capitalista son la misma realidad. Ni siquiera esos “mercados” a los que se invoca como una oscura mano que actúa contra los intereses de los estados, ergo contra los intereses de los ciudadanos, son otra cosa que una suma de entidades financieras y terceros estados “compradores” de deuda, es decir, prestamistas.
  Resulta curioso que los agentes de “la izquierda”, que claman contra lo que juzgan “desmantelamiento del estado de bienestar”, apenas incluyan en sus peticiones conservadoras análisis económicos que avalen la viablidad de sus propuestas dentro del propio sistema liberal-capitalista, que es donde al parecer desean permanecer.    
  ¿Cuál es la propuesta entonces?
  Por si alguien venía entendiendo algo en esa línea, no estamos proponiendo pasar del bienestar al “malestar”. No se trata de derribar todo lo existente para volver a crear partiendo de cero. Por mucho que comprendamos al estado como una institución en manos de las élites y no del pueblo, no tendría sentido alguno renunciar “de golpe y porrazo” a todo lo que dicha institución hoy administra. Por ejemplo, mientras tomamos y no conciencia como sociedad y nos vamos autoorganizando en lo político y en lo económico, necesitamos un sistema de sanidad, entre otras cosas. Pero ello no quiere decir que no debamos a aspirar a dar los pasos necesarios para que el actual sistema sanitario esté, en un futuro, organizado y administrado democráticamente por las personas que son sus trabajadoras y usuarias, y no por dirigentes políticos y empresariales, como sucede hoy.
  “La solución es la revolución” es un viejo eslogan recurrente en tiempos de crisis. Y es bien cierto. Pero una revolución que se ha de hacer paso a paso y con los pies en el suelo.
  En primer lugar hay que despertar y tomar conciencia del engaño en que vivimos para no seguir defendiendo y apostando por aquello que nos destruye como sociedad y como personas, y que además es catastrófico para el medio ambiente… A continuación tendremos que comprometernos y empezar a generar alternativas auténticas a aquello que criticamos.
  Frente a la dimensión contrarrevolucionaria del estado de bienestar habremos de crear grupos organizados y coordinados, movimientos sociales y espacios en los que reflexionar juntos en un primer momento para después salir al encuentro de la sociedad y de las instituciones, denunciando y enfrentándonos a los aspectos más inmorales y las consecuencias más nocivas del sistema, sin caer en el llamado reformismo burgués y, por ello,  apuntando en cada acto a la superación de dicho sistema en toda su extensión.
Ante su dimensión de injusticia social y de grave atentado contra el medio ambiente, habremos de aprender a renunciar a aquellos elementos materiales de nuestra forma de vida que son superfluos, prescindibles,  antiecológicos y comparativamente injustos, aprendiendo a vivir con menos y a ser más felices así. Desde ahí nos apoyaremos mutuamente e interpelaremos a la sociedad invitándola a seguir nuestro ejemplo. Ante perversos sofismas como el “desarrollo sostenible”, reivindicaremos el decrecimiento y la autogestión, abriendo caminos para experimentar fórmulas concretas de alternativa y superación del  sistema económico capitalista.
  Con respecto al déficit total de democracia, nos esforzaremos primero en denunciar tal situación con el fin de que sea conocida por el mayor número de personas. Evidentemente,  dejaremos de participar y colaborar con cualquiera de los mecanismos que perpetúan la opresión (instrumentos coercitivos del estado) o sustentan la ficción democrática (elecciones). En su lugar desarrollaremos espacios asamblearios de participación horizontal y directa donde aprender primero a funcionar colectivamente con fórmulas realmente participativas, corresponsables y democráticas, para después extender estos espacios reclamando, disputando y arrebatando al sistema la potestad de decidir sobre las cosas que nos afectan. Asimismo, nos esforzaremos en crear alternativas tangibles y crecientes a todos los sistemas de adoctrinamiento vigentes: educativas, culturales y mediáticas.
  Por último nos enfrentaremos a la destrucción que se está llevando a cabo actualmente de muchas de las características que a los seres humanos nos hacen ser tales, esforzándonos en recrear relaciones interpersonales y grupales verdaderas, de apoyo mutuo en lo económico, lo político  y lo personal, tejiendo redes y alianzas de intereses e identidades comunes, generando sistemas amplios de participación en la gestión de la sociedad... Trabajaremos  y tendremos en cuenta en nuestros grupos y movimientos sociales nuestras dimensiones humanas y psicoafectivas, las relaciones entre sexos, las necesidades de tipo cultural, espiritual, artístico… Reivindicaremos y tendremos muy presente la necesidad de una ética individual afirmada en valores positivos y de una moralidad social que ayude a mantener y desarrollar aquellos elementos comunes que se juzgan beneficiosos y necesarios, que además garantice la libertad de cada individuo en lo que se refiere a conciencia y opciones.

Fuente:  http://www.grupotortuga.com/No-nos-parece-bien-la-defensa-del

Félix R. Mora: "El parlamentarismo como sistema de dominación".

23 de marzo de 2013

Heleno Saña: Cultura Obrera versus Cultura Burguesa


Friedrich Schiller

Conferencia leída el 30 de julio de 2010
en la sede del Movimiento Cultural Cristiano

"Al referirnos al significado del concepto de cultura no podemos dejar de señalar que incluye genéticamente las categorías de lo bello y lo verdadero, un tema que nos volverá a ocupar más adelante, cuando analicemos la situación de la sociedad tardocapitalista hoy dominante. Aquí nos limitamos a señalar que toda cultura digna de este nombre es incompatible de raíz con la la bajeza y la vulgaridad en sus distintas e innumerables acepciones, presupone a priori su vinculación a la ética y la estética. Es partiendo de estas enseñanzas que Schiller, en sus admirables cartas sobre la educación estética de la humanidad, creó el concepto de "alma bella" o schöne Seele, con el que quería sintetizar a las almas que viven entregadas a un ideal superior y noble. Pues bien: al margen de las muchas figuras sublimes que han surgido a lo largo de la historia universal, creo que la lucha que la clase obrera sostuvo en su época heroica por un mundo basado en la fraternidad y la justicia fue la encarnación colectiva del "alma bella" descrita por Federico Schiller, como iremos viendo en el curso de nuestro proceso de reflexión. Pero volvamos antes la mirada al mundo opuesto de la burguesía y la "cultura" o mejor pseudocultura creada por ella".
  Heleno Saña
 
CULTURA OBRERA VERSUS CULTURA BURGUESA
Heleno Saña


¿Qué significa cultura?

El concepto de cultura es un concepto integral que abarca todos los ámbitos axiológicos de la vida personal y colectiva de una comunidad, por lo tanto un concepto que rebasa cualitativa y cuantitativamente el área del saber y del conocimiento en sentido estricto. Ésta es la razón de que individuos o grupos sociales sin grandes conocimimientos intelectuales y teóricos puedan ser muy bien portadores de valores humanos, espirituales y morales superiores a los de los representantes oficiales del pensamiento y profesionales de la intelligentsia.

Lo primero que hay que tener en cuenta al hablar de cultura obrera es que la mayoría de sus protagonistas han sido personas sin títulos ni diplomas académicos. Nacidos en hogares modestos y obligados a trabajar desde niños para contribuir al sostén de su familia, muchos de ellos aprendieron a leer y a escribir cuando llevaban ya años ejerciendo una profesión, como fue por ejemplo el caso de Ángel Pestaña o de Joan Peiró. Pero la carencia de estudios superiores o medios no les impidió tener una visión clara de lo que debería ser una sociedad justa y racional. Con esto queremos dejar bien sentado que el valor de una cultura no debe medirse en modo alguno por el volumen de conocimientos científicos o universitarios que una persona pueda poseer, sino por su altitud moral. El mejor ejemplo de esta experiencia siempre repetida nos lo ofrece la Alemania de la primera mitad del siglo XX. Pueblo admirado y envidiado en todas partes por su alto nivel filosófico, científico y técnico, demostró, con sus horribles y nauseabundos crímenes, carecer de la más elemental cultura humana y moral. Despojada de todo fundamento ético, la cultura puede convertirse fácilmente en un instrumento al servicio de la incultura, esto es, de la mentira, el oportunismo y la insolidaridad, una actitud que por desgracia ha sido muy habitual entre los estratos pensantes y los hombres de letras, a los que Jean-Paul Sartre calificaba en su libro "Qu'est-ce que la littérature" de "lacayos de la burguesía".

Pero también su compatriota Pierre Bourdieu ha dedicado muchas páginas a desenmascarar la vanidad, las ambiciones bajas y la voluntad de poder que reina en los ámbitos acádemicos de los que él mismo procedía. Pero ya el gran filósofo alemán Arturo Schopenhauer denunció, desde su insobornable independencia y honestidad, una y otra vez en los términos más duros el servilismo de las grandes lumbreras del profesorado alemán de su tiempo, acusándoles de vivir de la filosofía en vez de vivir para ella, un reproche que puede aplicarse hoy a no pocos miembros de las respectivas oligarquías culturales de cada país.

Pero lo peor son o han sido los intelectuales que declarándose amigos de la clase obrera han tenido la impudicia de afirmar públicamente que los obreros son incapaces de emanciparse por sí mismos y necesitan por ello ser guiados por los estratos cultos. Citaré como ejemplo paradigmático de esta actitud a Karl Kautsky, el gran santón del marxismo de finales del siglo XIX y primeros decenios del XX. "No podemos olvidar –escribía en una de sus últimas obras- que el proletariado no puede llevar a cabo las grandes tareas que por su posición social le corresponden sin la ayuda de los intelectuales". Los pavos reales y escribas que razonan en estos términos olvidan que las dos personas que más profundamente han influído en la historia cultural de Occidente durante los dos últimos milenios y medio eran de humildísima extración y carecían totalmente de cultura libresca. Me refiero naturalmente a Sócrates y a Jesucristo. Uno era carpintero y el otro marmolista, y ninguno de los dos nos dejó nada escrito. Pero su falta de conocimientos intelectuales al uso no impidió que Sócrates nos legara la cultura del diálogo y del bien y Jesucristo la cultura de la misericordia y del amor.

Al referirnos al significado del concepto de cultura no podemos dejar de señalar que incluye genéticamente las categorías de lo bello y lo verdadero, un tema que nos volverá a ocupar más adelante, cuando analicemos la situación de la sociedad tardocapitalista hoy dominante. Aquí nos limitamos a señalar que toda cultura digna de este nombre es incompatible de raíz con la la bajeza y la vulgaridad en sus distintas e innumerables acepciones, presupone a priori su vinculación a la ética y la estética. Es partiendo de estas enseñanzas que Schiller, en sus admirables cartas sobre la educación estética de la humanidad, creó el concepto de "alma bella" o schöne Seele, con el que quería sintetizar a las almas que viven entregadas a un ideal superior y noble. Pues bien: al margen de las muchas figuras sublimes que han surgido a lo largo de la historia universal, creo que la lucha que la clase obrera sostuvo en su época heroica por un mundo basado en la fraternidad y la justicia fue la encarnación colectiva del "alma bella" descrita por Federico Schiller, como iremos viendo en el curso de nuestro proceso de reflexión. Pero volvamos antes la mirada al mundo opuesto de la burguesía y la "cultura" o mejor pseudocultura creada por ella.

El ascenso de la burguesía

El ascenso de la burguesía como clase dominante se produce en parte por vía evolutiva y pacífica, en parte por medio de las insurrecciones armadas contra la nobleza y las clases altas que estallan en las postrimerías de la Edad Media. El pueblo bajo, los estratos medios y la pequeña nobleza se rebelan de manera creciente contra el poder feudal. Así vemos que a partir del siglo XIII se producen un gran número de rebeliones antiifeudales, entre las que figuran las Jacqueries francesas, la rebelión de los arnoldistas y albigenses, de Fra Dolcino en Italia, del pueblo holandés en el siglo XIV, de John Bull y Watt Tyler en Inglaterra. Estos levantamientos armados contra la casta feudal alcanzan su punto culminante en el siglo XVI con la revolución husita en Bohemia, la guerra de los campesinos alemanes y la guerra de los Comuneros de Castilla y de las Germanías en España.

A partir de la Reforma protestante de Lutero y de Calvino, el enfrentamiento con el feudalismo se convierte asimismo en una lucha contra la Iglesia de Roma. La burguesía del centro y el norte de Europa utilizó en efecto el credo protestante para sublimar religiosamente su lucha contra el feudalismo. La Reforma –especialmente la de signo calvinista- contribuyó en alto grado a fomentar el espíritu capitalista, como demostraría Max Weber en su famoso libro "El capitalismo y la ética protestante": "Es un hecho que los protestantes han mostrado una inclinación específica hacia el racionalismo económico que no se ha dado ni se da de modo parecido entre los católicos", escribiría. El influjo del calvinismo fue especialmente profundo en Inglaterra y en Holanda, que Marx calificaría como la "nación capitalista modelo del siglo XVII". A través de la colonización inglesa, el espíritu capitalista saltó más adelante a la América del Norte.

Las revoluciones burguesas

El triunfo de la burgesía adquirirá carta de naturaleza definitiva con la revolución inglesa de 1688, la declaración de la independencia norteamericana de 1776 y la revolución francesa de 1789.

La burguesía inglesa fue la primera que hizo valer sus derechos específicos de clase frente a la realeza y la nobleza, pero a la inversa de Francia y otros países, nunca pretendió liberarse enteramente de su hegemonía y de su significado simbólico, lo que hizo escribir a Engels en su obra "Socialismo utópico y socialismo científico": "La burguesía inglesa está todavía hoy tan impregnada del sentimiento de su inferioridad social, que financia con sus propios medios y los del pueblo a una clase decorativa de ociosos para representar dignamente a la nación en todas las circunstancias solemnes".

La revolución francesa de 1789 fue muy radical a la hora de destruir las instituciones políticas del "ancien régime", pero no hizo nada sustancial para superar o amortiguar las desigualdes económicas y sociales. Y ello reza en primer lugar para Robespierre, cínico defensor de la propiedad, como declararía retóricamente el 24 de abril de 1793 ante la Convención: "De lo que se trata no es de suprimir la opulencia, sino de hacer honorable la riqueza". Y lo mismo reza para Saint-Just, quien a pesar del grave problema de la escasez de subistencias, del acaparamiento de cereales y de la creciente carestía de los artículos de primera necesidad, se declaró partidario de la libertad de comercio, esto es, del sistema económico burgués.

Los "sans-culottes" y los "enragés" fueron el único grupo que exigía una política socialmente revolucionaria. O como decía Jacques Roux, uno de sus principales líderes: "¿Qué es la libertad cuando una clase de hombres puede matar de hambre a la otra? ¿Qué es la igualdad cuando el rico puede por medio de su monopolio ejercer derecho de vida y muerte sobre sus semejantes?". Pero Roux, Hébert y otros representantes de la revolución social fueron ejecutados.

La burguesía tanto inglesa y norteamericana como francesa no sólo no hizo nada para mejorar las condiciones de vida y de trabajo de las clases aslariadas, sino que introdujo un sistema electoral restringido destinado a favorecer los intereses de las clases altas y medias y eliminar al pueblo de la dinámica pública. Baste decir que bajo el reinado de Luis Felipe (llamado el rey burgués), el censo electoral de Francia se reducía a 250.000 personas, y ello en un país con treinta millones de habitantes.

Los padres de la ideología burguesa

El paulatino ascenso de la burguesía como hegemón europeo fue precedido o acompañado de la elaboración de una concepción teórica ajustada a los intereses y objetivos de la nueva clase rectora.

La santificación ideológica del orden burgués tiene lugar principalmente en Inglaterra y es iniciada por Hobbes, autor de la obra "El Leviatán", el primer modelo teórico de la sociedad burguesa en versión autoritaria. El fin del Estado-Leviatán concebido por Hobbes es el de hacer posible que todos los ciudadanos gocen en paz de la propiedad privada y el bienestar material. Hobbes tenía una concepción altamente pesimista de la criatura humana, lo que explica que definiera al hombre como un lobo para el hombre, homo homini lupus. Partiendo de este supuesto creía que la misión del orden político establecido por el Leviatán es el de institucionalizar y legalizar la "guerra de todos contra todos" que según él tiene lugar en el estado natural, un principio que la burguesía sublimará como "competencia".

Frente a la concepcion hobbesiana, John Locke representa la opción liberal y antiautoritaria de la ideología burguesa. También contra el pesimismo antropológico de Hobbes, afirma que en su estado natural los hombres son iguales, libres e independientes. "Quien intenta esclavizarme se coloca en estado de guerra contra mí", escribirá en su libro "On civil government". La finalidad de la sociedad civil es la de asegurar la libertad, la vida y la propiedad del hombre, como señalará en la misma obra: "El supremo y principal objetivo que empuja a los hombres a unirse en comunidades políticas y a someterse a un gobierno, es la conservación de su propiedad y el goce de ella en paz y seguridad". En estos escuetos párrafos está sintetizada la raíz materialista del credo burgués y su radical contraste con las enseñanzas del humanismo griego y la doctrina cristiana, trátese de la idea del bien y la justicia, del cultivo del alma, de la amistad, del espíritu comunitario o del amor al prójimo.

En el plano más específicamente económico, el hombre que dará forma clásica al ideario burgués será Adam Smith, autor de "La riqueza de las naciones", obra considerada, desde su aparición en 1759 hasta hoy, como la biblia del liberalismo económico, un liberalismo que la mayor parte de sus discípulos convertirán en darwinismo social, como en las últimas décadas ha ocurrido con el neoliberalismo inventado en mala hora por Milton Friedman y su "Chicago School of Economics", uno de los engendros teóricos más siniestros de la segunda mitad del siglo XX. Adam Smith estaba convencido de que la libertad de comercio y la libre competencia constituían una especie de "mano invisible" capaz de asegurar por si sola un funcionamiento óptimo de la sociedad. Al margen de que se compartan o no sus teorías económicas, hay que decir en su honor que además de escribir "La riqueza de las naciones" es autor del libro "The Theory of Moral Sentiments", en el que reivindicaba el espíritu solidario o lo que él llamaba fellow feeling, término que podríamos traducir como "compañerismo". Pero ya en su obra "La riqueza de las naciones" señalaba en términos inequívocos que una sociedad en la que "la mayor parte de sus miembros viven en estado de pobreza no puede ser feliz".

El autocentrismo burgués

La ideología burguesa no se limita a elaborar un sistema político y económico, sino que parte también de una concepción del hombre y de los valores relacionados con su autorrealización. El rasgo central del individuo concebido por el credo burgués es el autocentrismo, esto es, la prioridad absoluta del yo sobre la comunidad. La motivación máxima del individuo burgués es, en efecto, la del expansionismo personal a toda costa, también cuando esta meta sólo puede ser alcanzada por medio del avasallamiento de los demás. El burgués concibe la sociedad como campo de batalla y promesa de botín, una actitud que Max Horkheimer definió como "El imperialismo del yo". Detrás de este autocentrismo insolidario late siempre el fetichismo del éxito, que es la raíz de todas las deformaciones de carácter engendradas por el ideario burgués, empezando por el espíritu de lucro y el culto a Mammon y la indiferencia por el dolor ajeno. El burgués quiere ser siempre más que los demás, no mejor que ellos, sino más poderoso y más rico. La elección de estos bienes de quita y pon como summum bonum son por lo demás el subproducto de la radical incapacidad del burgués para elevarse a formas de ser, pensar y obrar de signo humana y moralmente superiores. Simplificando podríamos decir que el individuo burgués es lo que es porque carece de los atributos necesarios para poder ser otra cosa. Su misma obsesión por el éxito, el encumbramiento social y la acumulación de trofeos no es más que una prueba de la vulgaridad y bajeza de su idiosincrasia. De ahí que en el fondo no sean más que pobres diablos dignos de lástima.

El egocentrismo que guía los pasos del individuo burgués explica a su vez su ineptitud para comprender las necesidades, aspiraciones y derechos de sus semejantes. Lo único que le importa es su privacy y el cultivo de su jardín privado. La ideología burguesa carece del concepto de totalidad social, está basada en el solipsismo y en la atomización individual, en lo que el filósofo checoeslovaco Karel Kosik llamó en su día el "divisionismo de los horizontes subjetivos". (Dialéctica de lo concreto). De ahí que la sociedad burguesa no sea propiamente una sociedad, sino su negación más absoluta, y ello ya por el solo hecho de que toda la dinámica burguesa se apoya en el concepto de competencia. Y dado que este concepto es interpretado comúnmente en sentido apologético, me apresuro a consignar que quien acepta las reglas de juego de la competencia pasa a elegir automáticamente la rivalidad y la hostilidad como única forma de convivencia, un estado de cosas que la gran teólogo Dorotea Sölle identificaba con el pecado: "Pecado es un clima social en el que el hombre se ha convertido en enemigo del hombre". Nos hemos convertido en mónadas encerradass en sí mismas y separadas unas de las otras por un profundo abismo de incomprensión, indiferencia mutua, acritud e incomunicación.

El principio de competencia lleva potencialmente en sus entrañas el momento de la eliminanción del contrario, aunque esta eliminación no aboque siempre a la eliminación física, como ocurre en las fases históricas en las que la ferocidad competitiva adquiere la forma del belicismo abierto. Y no necesito subrayar que la praxis eliminatoria de la burguesía durante los períodos de "competencia pacífica" consiste en dejar morir de hambre y de miseria a los sectores de población que por su carencia de poder adquisitivo no están en condiciones de contribuir al incremento de la plusvalía capitalista, como sucede hoy no sólo pero especialmente en las zonas indigentes del planeta.

Lo peor que se puede decir de la cosmovisión burguesa es que ha generado un tipo de individuo capaz de gozar de la vida y sentirse ilimitadamente satisfecho de sí mismo en medio del inmenso dolor existente en el mundo, esto es, de haber universalizado un modelo de hedonismo que fomenta sistemáticamente los instintos bajos de la naturaleza humana y asfixia de raíz los de signo elevado.

El testimonio literario

Para comprender el carácter inhumano, cínico y destructivo de la ideología burguesa no es necesario recurrir a las doctrinas anticapitalistas y revolucionarias elaboradas por la clase obrera y los intelectuales afines a su causa, sino que basta con echar una ojeada al testimonio de la literatura surgida a lo largo del siglo XIX y parte del XX, que es la época en la que la burguesía establece y consolida su dominio de clase a nivel planetario. El surgimiento de la novela social de Charles Dickens, Victor Hugo, Émile Zola, Tostoi, Máximo Gorki y otros autores constitiuye uno de los fenómenos intelectuales más importantes de la época, pero no menos significativo es el testimonio de escritores, poetas y artistas procedentes de la burguesía y la pequeña burguesía que manifiestan su descontento con el modelo de vida introducido por la clase a la que ellos mismos pertenecen. El valor de esta literatura a menudo autobiográfica e intimista radica precisamente en el hecho de que aborda temas y aspectos del individuo moderno que trascienden la esfera de la problemática social. Y es aquí donde radica su perenne actualidad. Hasta cierto punto es lícito decir que va a ser precisamente la hipersensibilidad de estos hombres de letras la que mejor captará el doloroso sinsentido de la existencia inhumana y brutal erigida por la burguesía.

Se trata, con pocas excepciones, de una literatura crítica y agónica que a través de sus protagonistas expresa la frustración, la soledad, el hastío, la melancolía y otros conflictos y estados de ánimo interiores originados por el credo burgués, que Carlyle sintetizará con razón como "the mechanical age". Lo que el joven Goethe expresa por boca de su protagonista "Werther", sintetiza y anticipa a la vez la insatisfacción interior y la protesta callada de las nuevas generaciones literarias y artísticas: "¡Ah, este vacío, este terrible vacío que siento en mi pecho!". Es lo que cada uno a su manera expresarán Lord Byron, Shelley, George Sand, Alfred de Musset, Rimbaud, Baudelaire, Stephan Mallarmé, Hermann Hesse o el judío Franz Kafka, el mismo Kafka que escribirá a su prometida Milena: "Mi ser es miedo", un miedo individual que pocas décadas después se verá confirmado trágicamente a nivel colectivo en Auschwitz y demás campos de exterminio nazis. Pero ya el danés Soren Kierkeggard anticipa la época que se avecina al centrar su obra en los temas de la angustia y la desesperación. Siguiendo sus pasos, nuestro Unamuno hablará del "sentimiento trágico de la vida".

Este alud de literatura dirigida contra el sinsentido y el vacío espiritual de la vida burguesa encuentra una de sus últimas expresiones en la literatura existencialista y su afirmación del absurdo como la raíz de la vida humana, como hará Albert Camus en su relato "El extranjero" y Sartre en "La náusea" o en su obra filosófica "El ser y la nada", en la que definirá al hombre como "una pasión inútil". Pero ya el filósofo Martín Heidegger dará forma definitiva a este pesimismo existencial al afirmar en 1927 que el hombre no es otra cosa que "ser-para-la-muerte".

La respuesta obrera

La respuesta del obrerismo al principio de competencia postulado por la burguesía es el espíritu cooperativo. Mientras el credo burgués subordina la cuestión social a los intereses del capital, la cultura obrera la considera como la columna vertebral de su ideario. Y mientras que la burguesía da por supuesto que la única función que corresponde al asalariado es la de trabajar para los detentadores del capital y obedecer al poder político a su servicio, los obreros cobran muy pronto conciencia de que su destino es precisamente el de poner fin a este estado de cosas y luchar por un mundo basado en la igualdad social y la dignidad de la persona.

Los obreros no se rebelan sólo para mejorar sus condiciones de vida y de trabajo, sino para establecer un sistema de producción y convivencia en el que no habrá ya sitio para la explotación del hombre por el hombre. Y para alcanzar esta noble meta asume conscientemente el riesgo siempre presente de la persecución, la pérdida del empleo, el exilio, la cárcel o el piquete de ejecución.

A la cultura obrera pertenece, en lugar preeminente, la cultura del sacrificio por un ideal superior. También en este aspecto crucial se diferencia del utilitarismo burgués, que no conoce otra motivación que la de acumular billetes de banco y de gozar sin remordimientos de conciencia de las ventajas y privilegios inherentes al poder y la riqueza.

A pesar de que la cultura obrera emerge históricamente como un proceso de rebeldía, es por antonomasia una cultura irénica que aspira a la pacificación de la sociedad y del mundo. También en este aspecto tan trascendental constituye la negación absoluta de la cosmovisión burguesa, cuya manera de proceder ha estado basada siempre en la ley del más fuerte, un principio de acción que ha aplicado y sigue aplicando sistemáticamente para oprimir todo lo que se oponga a sus intereses. De ahí que la historia de la burguesía sea inseparable de la represión, el belicismo, el imperialismo y el colonialismo en sus diversas acepciones.

La cultura irénica del proletariado es asimismo inseparable de una visión universalista del hombre y de los pueblos. De ahí que entre sus postulados figurase desde muy temprano el principio del internacionalismo, esto es, la convicción de que los grandes problemas de la humanidad no pueden ser enfocados y resueltos más que desde una perspectiva transnacional o ecuménica. Aquí también la cultura obrera se distancia del culto burgués al Estado-nación, en nombre del cual se han cometido y siguien cometiéndose los más viles crímenes. Y por supuesto, la cultura obrera es totalmente ajena a la aberración del racismo, un fenómeno que si bien ha existido en mayor o menor grado en todas las civilizaciones, alcanzará sus dimensiones más nauseabundas en el seno de la civilización creada por la burguesía capitalista. El Estado-nación moderno ha engendrado el terrible virus del etnocentrismo, el nacionalismo y el racismo abierto surgido sobre todo como teoría sistemática en el curso de la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del XX.

La espiritualidad obrera

Estas notas sobre la cultura obrera quedarían muy incompletas si dejásemos de consignar que su rasgo más profundo es el de la espiritualidad. Los obreros luchan ciertamente por la mejora y la dignificación de sus condiciones de vida y de trabajo, pero estas reivindicaciones materiales son sólo la expresión inmediata y prima facie de un ideal salvífico destinado precisamente a eliminar la economía como la instancia suprema de las relaciones interhumanas y colectivas. No se rebelan pues sólo contra las injusticias de la economía burguesa, sino que su norte es el de erradicar de la faz de la tierra la categoría misma de homo oeconomicus fabricada por la burguesía y sustituirla por un modelo de sociedad y de convivencia en el que la propiedad de bienes materiales perderá su razón de ser.

La espiritualidad obrera se manifiesta en primer lugar como afán de autoperfecionamiento humano y moral, que es por lo demás la condición previa para que los hombres aprendan a convivir sin destruirse unos a los otros. Este afán de autoperfeccionamiento explica la importancia que el ideario obrero concede a la pedagogía en sentido estricito y a la educación en sentido amplio. Esta preocupación por los bienes culturales conducirá desde el principio a la fundación de un gran número de centros docentes, publicaciones, ateneos, casas del pueblo y foros populares de la más diversa índole pero cuyo denominador común es el deseo de aprender y buscar por cuenta propia los conocimientos teóricos que toda persona necesita para no andar a ciegas por la vida. Una de los capítulos más conmovedores del obrerismo ha sido el del ingente esfuerzo realizado para crearse una cultura propia y responder así a la cultura clasista creada por la burguesía. Y este es el momento adecuado para señalar que la única cultura digna de este nombre surgida a lo largo del siglo XIX y parte del XX fue la que pusieron en pie los obreros y la de los intelectuales que salieron en su defensa y se identificaron con sus ideales emancipativos. Y si digo esto es porque fue también la única cultura que partía de la idea eterna del bien común, mientras que la cultura burguesa era una pseudocultura al servicio de objetivos tan innobles, ruines, mezquinos y perniciosos como el espíritu de lucro, la voluntad de poder, la explotación del débil, la vanidad y el culto al hedonismo. Cultura es por definición cultura humana y afectiva, y donde faltan estos atributos no puede hablarse de cultura, por muchos diplomas y títulos universitarios que se exhiban, títulos que hasta hoy han sido utilizados no siempre pero en gran parte para perpetuar el reino del mal erigido por la burguesía.

La herencia del pasado

La cultura gestada por el obrerismo en su período heroico constituye un fenómeno único en la historia de la humanidad, pero lejos de ser una creatio ex nihilo se nutre de los valores eternos creados por los grandes maestros espirituales e intelectuales del género humano. Por su devoción a la cultura, el obrerismo moderno entronca directamente con el logos y la paideía griega, por su vocación redencional y su espíritu de sacrificio, más bien con el cristianismo primitivo. La herencia helénica la recibe el obrero sobre todo por mediación del humanisno renacentista y el racionalismo moderno, su fe en la redención del género humano a través de la filosofía del progreso elaborada por Condorcet, Voltaire, Turgot y otros ilustrados, versión secularizada, a su vez, de la escatología y el mesianismo judeocristianos. El anticlericalismo, el agnosticismo y el ateismo profesado por una gran parte de la militancia obrera especialmente a partir de Proudhon, Bakunin y Marx, procede directamente del materialismo de Bayle, el barón d'Holbach, Helvetius o Diderot. El internacionalismo obrero se halla ya en esencia preconfigurado en el estoicismo y su afirmación del cosmopolitismo o ciudadanía cósmica, aunque esta concepción universalista o ecuménica no cobrará vigencia histórica hasta el advenimiento del cristianismo.

Es de esta síntesis de diversas corrientes de pensamiento no siempre convergentes o incluso antagónicas que se se irá forjando el credo obrero.

El declive de la cultura obrera

No podemos concluir este resumen apretado de lo que signifcó y fue el obrerismo en el período heroico de su confrontación con la burguesía sin referirnos a su situación actual, caracterizada ante todo por el declive de sus valores militantes y humanos, del hundimiento de sus foros culturales y del aburguesamiento de su pensamiento y su conducta.

La integración del asalariado occidental al sistema capitalista, que se vislumbraba ya claramente antes de la I Guerra Mundial, pasó a convertirse en un hecho consumado tras la II Guerra Mundial y constituye desde entonces uno de los fenómenos centrales y más tristes de la historia contemporánea. En todo caso, la clase trabajadora ha dejado de ser desde hace tiempo la negación de la sociedad burguesa. En primer término, los obreros manuales que constituían la mayoría de la población activa y la vanguardia del proletariado militante, han sido sustituídos en gran parte por estratos de empleados y técnicos con una mentalidad más individualista y pequeño-burguesa y, por tanto, más inclinados a pactar con el capitalismo que a enfrentarse a él. Pero este proceso de aburguesamiento, lejos de limitarse a los nuevos sectores laborales y profesionales, ha penetrado también en las filas del proletariado clásico, que en lo esencial comparte el fetichismo consumista del asalariado administrativo.

La integración de la clase trabajadora al sistema burgués explica también que tras la II Guerra Mundial, el capitalismo haya podido desarrollarse sin apenas trabas, tanto en el plano extensivo como intensivo. La preocupación del asalariado medio no es hoy la de cambiar el orden imperante, sino la de adaptarse a él en las mejores condiciones posibles. Èsta es también la línea de conducta de lo que queda de sindicalismo, que ya a nivel de afiliación pierde cada vez más la fuerza cuantitativa y representativa que tuvo en épocas menos conformistas. La militancia de antaño que vivía entregada en cuerpo y alma a la causa del proletariado ha sido sustituída por dirigentes y cuadros sindicales más interesados en conservar sus cómodos y bien remunerados puestos que en hacer frente a las canalladas constantes de los representantes del capital, del Estado y de los partidos políticos en el poder, cuyas consignas siguen a menudo devotamente. Todo esto explica que el sindicalismo que se ha impuesto en los países industrializados en el curso de las últimas décadas haya renunciado a la lucha de clases y elegido la opción de la partnership interclasista, o dicho en castellano, la colaboración de clases.

De lo que no cabe duda es de que la vieja lucha entre proletariado y burguesía ha sido ganada por esta última. Y al decir esto no me refiero sólo a la derrota económico-social sufrida por el asalariado, sino también y especialmente a su derrota cultural. Me permito, en este contexto, reproducir aquí lo que hace ahora cerca de cuarenta años escribí en mi libro "Cultura proletaria y cultura burguesa", a saber: "El triunfo de una clase sobre otra no se manifiesta únicamente por el predominio económico ejercido por ella sobre los demás grupos sociales, sino, sobre todo, por la capacidad que esa clase demuestra en imponer su propio estilo de vida y sus propios valores al resto de la población". Si lo que acabo de citar era ya entonces un hecho consumado, lo es hoy todavía más.

El obrero ha perdido el sentido de la trascendencia que latía en el pecho de sus compañeros de antaño, se ha dejado encapsular en la inmanencia a ras del suelo impuesta por la ideología burguesa, en la que no hay lugar para la proyección redencional y la visión de un futuro basado en la hermandad de todos los seres humanos. Si ha dejado de mirar a lo lejos y a lo alto y no se rebela contra la injusticia reinante es porque vive en estado de autoalienación y ha asumido mimética y acríticamente la identidad postiza que el tardocapitalisimo le ha inoculado.

De cara al futuro

La derrota histórica de la clase obrera y de la cultura creada por ella ha dado paso a un vacío oposicional que hasta el momento ninguna fuerza social o política ha logrado o querido llenar. Especialmente las clases medias no sólo se han revelado como incapaces de contrarrestar eficazamente el irracionalismo capitalista, sino que en su inmensa mayoría han sido sus más devotos lacayos, ya por el solo hecho de que es la clase que tiene en sus manos la gestión técnica del gran capital, la que dirige las empresas, la banca, el mundo bursátil, la política, los lobbies introducidos en todas las esferas del poder, los organismos internacionales, los tribunales de justicia, los bufetes de abogado, las fuerzas armadas, la industria de la cultura, la enseñanza y los medios de comunicación de masas. Con no muchas excepciones, son ellas las que aseguran el funcionamiento del Moloch capitalista y las que toman las medidas necesarias para que todas las instituciones y organizaciones de la res publica conserven el carácter clasista que generalmente han tenido.

No menos descorazonador que este estado de cosas es la desmoralización y el pesimismo que se han apoderado del ciudadano medio, también de las personas que no se han dejado hipnotizar por el discurso capitalista y siguen añorando un mundo más justo y más humano. Pero es precisamente esto lo primero que hay que combatir: la resignación, la idea de que todo está ya perdido y que no queda otra opción que la de cruzarse de brazos y ver como el mundo sigue rodando hacia el abismo. Por mi parte pienso que el primer acto de resistencia contra los administradores del poder es el de no sucumbir al desaliento, que es por lo demás lo que ellos desean para seguir en el candelero y eternizar su dominio.

Dicho esto añadiré que toda persona dispuesta a luchar por el bien común debe resistir la tentación de medir su compromiso personal por el éxito real o potencial que pueda tener. Dije antes y repito aquí que el culto al éxito es un producto burgués, incluso el rasgo burgués por excelencia. Lo que el joven Sartre escribió en "La náusea" es más actual que nunca: "Sólo los cerdos creen ganar". Hay que servir a la verdad y al bien sin especular de antemano sobre la posible repercusión cuantitativa de nuestros actos. Obrar de otra manera significa elegir el criterio burgués del utilitarismo o de lo que Ernst Bloch llamó "la ideología del cálculo". Es exactamente cuando todo el mundo abandona el ágora pública y cierra los ojos ante la injusticia que hay que demostrar la autenticidad de los valores que uno lleva dentro. Luchar cuando el viento sopla a favor no constituye ninguna proeza; lo verdaderamente heroico es hacerlo cuando alrededor nuestro no vemos en general más que egolatría, deshumanización, embrutecimiento moral e indiferencia hacia el dolor ajeno. Quien no haya comprendido que la lucha por los débiles, desamparados y oprimidos incluye la experiencia amarga de la soledad y el sufrimiento interior, no comprenderá nunca la raíz más íntima de esta opción.

Practiquemos pues el bien sin esperar a que los demás hagan lo mismo. No olvidemos tampoco que antes de convertirse en movimientos colectivos o de masas, muchos o casi todas las grandes epopeyas salvíficas de la historia universal nacieron en el pecho de individuos aislados o de pequeños grupos, y no necesito ante un auditorio como el vuestro señalar en quien o quienes estoy pensando al decir esto.

Por lo demás, no estamos nunca totalmente solos, y para cobrar conciencia de ello basta con pensar en las innumerables personas de ambos sexos y de las más diferentes edades y creencias que en todos los confines del mundo consagran su vida a hacer el bien y a servir al prójimo sin saber unas de las otras.

Una gesta insustituible

Quien se proponga dar a su vida el sentido excelso que estamos sugiriendo aquí y busque fuentes de inspiración y orientación para su propósito, las hallará en alto grado en la cultura social, laboral, interhumana y moral creada y practicada en su día por la militancia obrera. En efecto: la misma cultura que es hoy ignorada por los sectores mayoritarios del propio asalariado, contiene enseñanzas, experiencias y valores insustituibles para la configuración de un mundo menos sórdido, cínico, banal, inhumano y destructivo del que prevalece en la sociedad actual. Lo primero que en este contexto hay que tener en cuenta es que la cultura obrera fue el ejemplo más sublime y completo de cultura societaria surgida en los dos últimos siglos. Este ciclo histórico dio también a la humanidad un notable número de personalides excepcionales dignas de ser rememoradas y veneradas, pero la única cultura que adquirió dimensiones colectivas fue la que pusieron en pie los militantes del movimiento obrero en su fase de plenitud.

Tras el eclipse de esta grandiosa gesta cosmohistórica no ha surgido nada que ni de lejos pueda ser comparado a ella. El movimiento estudiantil del 68 pretendió hasta cierto punto seguir los pasos del obrerismo revolucionario, pero a pesar de la espectacularidad de su discurso y de su praxis, no logró echar raíces profundas en la sociedad, y menos en el seno de las clases trabajadoras. No olvidaré nunca lo que un grupo de emigrantes españoles que trabajaban en las Factorías Opel de Rüsselsheim le dijeron en presencia mía a Daniel Cohn-Bendit cuando el héroe de las barricadas de París intentaba, a principios del 70, ganar a los obreros extranjeros para sus planes de agitación y subversión: "No tienes idea de lo que es el mundo del trabajo". No pocos de los líderes estudiantiles que habían capitaneado la rebelión contra la Universidad y el Estado capitalista se dedicaron más tarde a hacer carrera dentro de las mismas instituciones y estructuras de poder que habían querido derrocar, como hicieron el propio Cohn-Bendit o su amigo Joschka Fischer, que llegó a ministro de Asuntos Exteriores y escribe ahora artículos para periódicos burgueses como "El País". Y no hablemos ya de los activistas antiautoritarios que finalmente optaron por recurrir a la aberración del terrorismo, como ocurrió con el grupo Baader-Meinhof.

De aquella insurrección frustrada surgiría más tarde el ecologismo, un movimiento o corriente de pensamiento que aun admitiendo su loable propósito de salvar a la madre naturaleza de las tropelías cometidas contra ella por la ciencia y la técnica al servicio del gran capital, no se ha propuesto nunca ni de lejos una transformación a fondo de las estructuras económicas y sociales imperantes en la sociedad tardocapitalista. Por lo que respecta al feminismo militante hoy en boga, se trata de una deformación absoluta de lo que debería ser la reivindicación y la defensa de los derechos y la identidad genuina de la mujer, y para convencerse de ello basta con dirigir por un momento la mirada al elenco de ministras que el señor Rodríguez Zapatero ha reunido en torno suyo, empezando por la que detenta la cartera de Defensa, cargo que ya por su sola función está en contradicción abierta con los atributos del alma femenina y materna.

Frente al grado de bajeza a que ha llegado la casta dominante, quiero subrayar una vez más con todo énfasis el fecundo papel que la vieja cultura que nos ha legado el movimiento obrero puede jugar en el proceso de autoliberación de la humanidad. Las mujeres y los hombres que en su día pusieron en pie esta cultura han muerto desde hace mucho tiempo, pero los valores que encarnaban conservan toda la vigencia que tuvieron desde el principio. De ahí que evocar su ejemplo no constituya un anacronismo, sino un intento de recuperar y reactualizar su mensaje eterno para el mundo de hoy y del mañana. El verdadero anacronismo consiste en creer que la única opción que nos queda para el futuro es la de seguir guiándonos, como hasta ahora, por los contravalores y subvalores impuestos por el sistema capitalista-burgués.

Heleno Saña