ERA
13 de mayo de 2013
3 de mayo de 2013
FELIX RODRIGO MORA EN LA "CASA" DEL BAH DE VALLADOLID
Félix Rodrigo Mora

Siglas del grupo "Bajo el asfalto está la hierba"
El pasado sábado 27 de abril, mi
amigo el gran pensador y humanista Félix Rodrigo Mora, regresó nuevamente a Valladolid, desde
que el 14 de ese mismo mes pero del año anterior, nos hubiera igualmente
honrado con su visita, invitado aquel entonces por “la ventana esmeralda”, a
unas intensas y memorables jornadas que ya han hecho historia.
De la talla intelectual del
discurso de Félix, me ahorraré los comentarios, limitándome a adjuntar el audio
completo de su intervención (al final de este artículo), únicamente diré que, una vez más, la claridad de
ideas y la profundidad de sus convicciones, fueron el santo y seña de un hombre
al que tantos admiramos, y que se ha ganado, por derecho propio, el respeto de
toda una generación.
Me centraré, principalmente, en el
entorno donde tuvo lugar este encuentro y en el ambiente que se creó a su
alrededor, un encuentro que se desarrolló en “La Casa”, entrañable término con
el que conocemos el otrora espacio abandonado y medio derruido que, desde hace
ya varios años, vienen okupando varias familias, tras rehabilitarlo y
convertirlo en su hogar, en medio de un corral y de unas tierras que han
preparado para la siembra y que trabajan diariamente, y de cuyos frutos se
nutren y alimentan.
Aparte de la jornada de “puertas
abiertas” en la que se mostró a quiénes lo desearon, algunas técnicas de riego,
a última hora de la tarde, nos reunimos en “La Casa” unas ochenta personas,
pertenecientes a diferentes sensibilidades sociales y políticas y cuyo común
denominador fue el inconformismo militante frente al Sistema y la coherencia en
el modo de trabajar por un cambio cierto en los esquemas sociales y mentales.
Un ambiente cálido, donde se
respiraba libertad, respeto y autonomía; un espacio donde no había lugar ni
para la televisión, ni para ningún otro artefacto tecnológico subyugante, y en
el que varios cartelitos te “invitaban” a que quemases tu móvil; un espacio
donde no había ningún lujo, pero tampoco nada que echásemos de menos porque
allí parecíamos tenerlo todo; varias horas en armonía, ni siquiera “rota” por
asaltos fascistas como el que Félix sufrió hace muy poco tiempo en Zamora en
una charla organizada por la CNT.
Un espacio donde, cuando se hizo
de noche, sólo brillaban dos simples bombillas (y una de ellas con dificultad)
gracias a una energía conseguida por medios artesanales, y en el que, los
tableros de las mesas, que sirvieron para una cena vegana, eran los reversos de
unos lencerados sobre los cuales los padres enseñan a escribir a sus hijos sin
necesidad de ninguna clase de adoctrinamiento religioso ni del Estado.
Un lugar donde hubo la
oportunidad de intercambiar pareceres, de conocer nuevas personas, de
comprender que somos muchos los que estamos en la misma onda, donde cuando
hablas te sientes respetado, y donde cuando escuchas, interiorizas con tu yo
más íntimo, porque, en ese lugar, aunque a algunos les suene a blasfemo, se
respiraba, en medio de una inequívoca bocanada poética, espiritualidad de la
auténtica.
Aunque es hora de superar los
estereotipos, me gustó ver gente con gorras que me recordaban a los anarquistas
de antes y a los antisistemas de ahora, así como la más variada amalgama de
vestidos y de colores, que hablaban de todo, menos de uniformidad y de mal
gusto, y sí de un creativa y heterogénea diversidad; me encantó acariciar el
precioso perro de una de las asistentes, uno de esos emblemas que la escoria
reaccionaria ha aprovechado para tildar a cualquier rebelde que se alza contra
el Sistema como “perro flauta”, un término que, para su disgusto y muy por el
contrario, debe de enorgullecernos, porque, no sólo, solemos ser amigos de los
canes, sino que también suele gustarnos el sonido de unos instrumentos
musicales tan ensoñadores como aquella.
Y tras cenar, con la moderación y
la templanza propias de quiénes aspiramos principalmente a alimentarnos con los
valores que tanto nos unen y nos llenan, la Música, una música con tintes
irlandeses salidos de las cuerdas de los violines y de la guitarra de los tres
artistas que formaron parte de aquella bonita y también inolvidable velada,
medio en penumbra, antesala que invitaba al romanticismo.
Una vez más, amigo Félix, has
sido capaz de aglutinar en torno a tu mensaje, y espoleado por la rebeldía y
por el inconformismo, a un público ávido de Verdad, esta vez en esa “Casa”, que
es la tuya, y donde los amigos del admirable grupo Bajo el Asfalto está la
Hierba BAH, nos brindaron a todos la oportunidad de vivir unas horas
entrañables al calor de la simpatía, la generosidad y la autenticidad de
quiénes, haciendo alarde de nuestra coherencia, volamos libres, igual que el
viento, y nos regalamos, sin condiciones, el valor eterno de la calidez de la
conversación, a lomos del lenguaje de una sonrisa arropada por el manto
creativo de la espontaneidad fecunda.
Nota: no adjunto fotografías del
espacio okupado por “La Casa”, ya que por respeto a sus moradores, al no
conocer si ese podría ser su deseo, he preferido no hacerlo.
Aundio completo de la intervención de Félix Rodrigo Mora en la Casa del BAH de Valladolid el sábado 27 de abril de 2013
24 de abril de 2013
Grecia ha muerto
28 de marzo de 2013
No nos parece bien la defensa del “estado de bienestar”
Grup Antimilitarista Tortuga
¿Estado de bienestar, o revolución?
Algunos partidos políticos, organizaciones y sindicatos del estado
español que dicen ser “de izquierda” aúnan en estos tiempos voces y
esfuerzos para defender aquello que llaman “estado de bienestar”. Ello
lo hacen en medio del aplauso de gran parte de la sociedad, la cual se
entiende beneficiaria de dicho estado de bienestar y por ello partidaria
de su pervivencia.En Tortuga tenemos otra perspectiva.
Asociamos “estado de bienestar” a otros términos mucho menos halagüeños: “sociedad de consumo”, “primer mundo”, “Europa rica”… Tras la pertinente comprobación histórica, concluimos que en general esta forma política y social tal como la conocemos hoy no es tanto la conquista de las luchas del movimiento obrero como se afirma de forma exagerada, sino que obedece en mucho mayor medida a las necesidades e intereses de las instituciones estatales liberales y capitalistas, intereses que se agudizan sobre todo a partir de la Segunda Guerra Mundial. Estas élites, en plena mundialización de la economía y de la guerra fría contra el comunismo, optaron por generar en determinadas zonas del planeta una cierta redistribución de la riqueza allí acumulada, parte de la cual se repartió entre amplias capas sociales en forma de servicios y subsidios, siempre administrados y dosificados por los aparatos estatales. Este tipo de políticas contaban ya con pequeños antecedentes desde principios del siglo XIX, pero fue en este momento, coincidiendo con la acuñación del término “estado de bienestar”, cuando se apostó fuertemente por ellas.
Con estas políticas las clases dominantes a nivel mundial obtuvieron durante toda la segunda mitad del siglo XX y casi hasta nuestros días, la desactivación de las luchas obreristas revolucionarias en el primer mundo, conjurando así la amenaza socialista. Dichas élites se rodearon de un amplio y cómodo colchón amortiguador de “ciudadanos” conformistas con el orden liberal establecido, beneficiarios de cierta capacidad adquisitiva o de consumo, acostumbrados a depender cada vez en mayor medida y para más cosas de la institución estatal y, en el mejor de los casos, partidarios sólo de cambios políticos y sociales de carácter superficial.
Este análisis se complementa con razones económicas, de tanta, y quizá incluso de mayor relevancia que las anteriores, que tienen que ver con la teoría del economista John Keynes: la redistribución de servicios y subsidios entre la población de nuestros países occidentales también pretendió en su día la implantación de fuertes mercados internos que sirvieran de motor al desarrollismo económico capitalista.
En el caso español es revelador que, a pesar de la existencia de numerosos hitos de legislación y política laboral y social que se veían dando desde principios del siglo XIX, de la mano, justamente, del desarrollo del aparato estatal liberal, la implantación de una parte fundamental del estado de bienestar tal como ha llegado a nuestros días (Seguridad Social entendida como asistencia sanitaria gratuita universal, sistema estatal de pensiones y coberturas de desempleo cercanas al salario bruto) se la debemos principalmente a la dictadura franquista, y en concreto a leyes como la de Desempleo (1961) o la de Bases de la Seguridad Social (1963), promulgadas en tiempos de escasa o nula conflictividad obrera pero de fuerte impulso estatal al desarrollismo industrial. En esta implantación profundizaron posteriormente diferentes gobiernos de la dictadura, y se completó hacia 1978.
Éste es el marco que se defiende hoy desde estos partidos, organizaciones y sindicatos citados.
Frente a la defensa de un modelo económico totalmente incluido en el capitalismo y diseñado y promovido por las élites liberal-burguesas que vienen acaparando el poder político, desde Tortuga apostamos por una revolución integral superadora del capitalismo y del sistema no libre de gobierno que le es inseparable acompañante. Desarrollaremos en este escrito las características principales de nuestro concepto de “revolución” así como del tipo de sociedad y relaciones humanas a las que aspiramos. Pero antes nos detendremos en una crítica más pormenorizada acerca del estado de bienestar y en un sucinto análisis del momento de crisis que actualmente parece atravesar este modelo.
El estado de bienestar es contrarrevolucionario
En realidad, éste viene a ser un modo de soborno o de compra material de lo que llaman la “paz social”, esto es, la ausencia de conflictos. De esta forma se logra que amplias capas de población de las sociedades en las que el estado de bienestar se da acaben viviendo con actitudes conformistas y con nulos deseos de cambio social. El miedo a perder lo que se tiene impide, o vuelve muy complicado, analizar en profundidad las causas y consecuencias del orden político y social y evita que se tengan oídos receptivos hacia quien lo cuestiona. Aborta, en definitiva, la posibilidad de que la sociedad tome conciencia de las contradicciones en las que vive y se organice con voluntad y determinación de obtener cambios sustanciales, es decir, revolucionarios.
El estado de bienestar es injusto
Porque no es ni puede ser universalizable. Se da, como decimos arriba, en virtud de una cierta redistribución de riqueza acumulada en una porción minoritaria del planeta denominada “primer mundo”. Una importante porción de esta riqueza no se genera en nuestros países sino que es expoliada del resto del mundo, o sea, de los países llamados (a causa de ello) empobrecidos, y depositada aquí. Tal cosa se consigue empleando multitud de fórmulas: colonialismo-imperialismo económico, multinacionales, deuda externa, reglas comerciales impuestas por el primer mundo, instituciones como el FMI, la OMC, etc. Llegado el caso, la maquinaria militar primermundista se convierte también en herramienta del robo de riqueza de esos países del tercer mundo, como podemos comprobar en los casos de Iraq, Libia o la República Democrática del Congo, por citar algunos de los más paradigmáticos en ese sentido.
Las grandes corporaciones expoliadoras emplean buena parte del capital que obtienen con dichas operaciones de colonialismo económico en realizar inversiones en los países del primer mundo donde están radicadas, dinamizando su economía y generando empleo. La tributación directa al estado de las grandes corporaciones, e indirecta a través de la economía subsidiaria que generan, es la que permite a éste recaudar el dinero “suplementario” con el que ofrecer a la ciudadanía los bienes y servicios que definen el estado del bienestar y de los que por supuesto no pueden gozar los habitantes de los estados expoliados, los cuales además sufren grandes daños en su propia economía doméstica. Un ejemplo menor pero muy clarificador podría ser la pesca del atún en las costas del Cuerno de África. Como puede apreciarse, el estado de bienestar es un producto resultante de las peores dinámicas del sistema económico capitalista, y su existencia guarda relación directa con la pobreza extrema de una parte mayoritaria de la humanidad.
El estado de bienestar es antidemocrático
De forma harto paradójica, la palabra “democracia” ha llegado a ser la más comúnmente utilizada para definir sistemas políticos que en realidad son de dominación. Nos cuesta hallar en la historia de los estados un orden de gobierno que en los hechos se haya correspondido con lo que intenta significar el vocablo. Es por ello por lo que tenemos ciertas reservas a la hora de emplearlo. A nuestro juicio solo cabe hablar de “democracia” cuando cada persona puede participar libre y directamente en la decisión de aquellas cuestiones que le afectan. En consecuencia solo será “democrática” una sociedad que garantice tal principio a pequeñas y grandes escalas y ninguna otra.
El estado de bienestar es la concreción más pura y acabada del estado-nación liberal y burgués diseñado en el siglo XIX. Su existencia es el formidable logro de una situación en la que una pequeña élite acapara todo el poder de gobernar y dispone de la mayor parte de riqueza y medios para producirla, mientras que la mayoría desposeída completamente de poder y de la parte principal de la riqueza vive conformándose con su situación, satisfecha con los servicios materiales que recibe del estado y convencida de que pertenece a una sociedad libre y democrática.
Aunque el sistema de elecciones cada cierto número de años trata de dar carta de naturaleza a una pretendida “soberanía del pueblo”, la realidad es que la alianza entre una pequeña oligarquía de políticos profesionales, la alta burocracia del estado, los poderes económicos y los medios de comunicación mantiene bien controlado el acceso a los centros de poder en todos los países donde se da el estado de bienestar. Los votantes en todos estos estados, entre los que se encuentra el nuestro, están irremisiblemente abocados a optar solo entre opciones políticas continuistas. En cualquier caso, incluso aunque se diesen fórmulas electorales más abiertas, el resultado práctico seguiría a años luz de la democracia, ya que ésta, como decimos, supone la participación decisoria de las personas en aquellas cuestiones que les afectan. Nada de eso sucede en las sociedades del estado de bienestar, en las cuales las personas, denominadas “ciudadanos”, no tienen ninguna forma de decidir tales cosas y sólo reciben el dudoso derecho de votar cada cierto número de años para elegir a los miembros de la élite burocrática que han de regir irremisiblemente su vida y destino durante la siguiente temporada.
En el supuesto, cada día más inverosímil, de que fallase alguno de estos mecanismos de control, el aparato estatal-capitalista tiene otra carta guardada en la manga: la policía, el ejército y la cárcel. Estos órganos del aparato estatal son la definitiva negación de la democracia y el anuncio de viva voz de que nadie puede evitar obedecer las decisiones de las élites gobernantes ni muchísimo menos cuestionarlas en su esencia.
Es paradigmático el papel que juega la institución militar, que, como decíamos antes, es un elemento de primer orden como garante armado del expolio comercial del Norte sobre el Sur. Pero de puertas adentro, y en compañía de su institución vicaria, la policía, desempeña una función igualmente trascendente como última y determinante barrera defensiva de los intereses de la minoría en el poder. Desgraciadamente en el estado español disponemos de abundante experiencia al respecto en los últimos 200 años. Desde los habituales pronunciamientos militares decimonónicos hasta las facultades que la misma Constitución vigente concede al ejército (pone los pelos de punta leer todo lo referido a estados de excepción, de alarma, a situaciones bélicas y más cosas) pasando por una ominosa y no tan lejana dictadura militar de casi 40 años.
El estado de bienestar es antiecológico
Estado de bienestar y sociedad de consumo vienen a ser sinónimos. El alto desarrollo industrial y tecnológico, así como los mecanismos capitalistas de expolio y concentración de la riqueza, han puesto en manos de amplias capas poblacionales de los países ricos una capacidad inédita de adquirir y consumir alimentos, productos manufacturados y servicios (por citar un ejemplo, los viajes en avión). Palabras como “crecimiento”, “desarrollo” y su eufemismo progre “desarrollo sostenible” o “de calidad” han sido y son mágicas consignas que han despertado maravillas en los oídos aburguesados de tanta gente. No pensamos que sea necesario extendernos para alertar de los efectos de tanto “desarrollo” y tanta capacidad de consumir y sus consecuencias a niveles medioambientales y de salud pública. Pocos dudan de la imposibilidad material de exportar a más lugares del planeta el modelo despilfarrador e irresponsable en lo material que caracteriza a todos los estados de bienestar (lo cual lo hace doblemente injusto), puesto que el colapso medioambiental sería casi inmediato. Pero es que ni siquiera es preciso llegar a formular dicha hipótesis. Incluso circunscribiéndonos a los lugares del mundo en los que se da ahora, la consecuencia del consumismo practicado en el estado de bienestar estaría ya causando daños irreversibles al planeta (destrucción de la atmósfera, de la biodiversidad…). Daños que, de no corregirse a corto plazo, amenazan con ser devastadores.
El estado de bienestar es antihumano
Otro sinónimo de estado de bienestar podría ser “sociedad del espectáculo”. Nosotros iríamos más allá y emplearíamos el término “sociedad del adoctrinamiento”. La apuesta decididamente material y furibundamente antiespiritual y antimoral de este modelo de sociedad, unida a los mecanismos adoctrinadores que posee la institución que está en su centro —el estado— también están generando un tipo de persona en permanente regresión.
Sistema educativo, cultura de masas, medios de información y comunicación… todo ello navega en una misma dirección —desde el poder hacia los individuos de la sociedad— generando una forma de concebir la realidad que ha sido definida como “pensamiento único”.
La apuesta del citado pensamiento único por el materialismo y el utilitarismo en todas sus expresiones, así como por una manera relativista y no ética de vivir en sociedad están logrando poco a poco la desaparición de formas relacionales populares tradicionales, de realidades de apoyo mutuo a diferentes niveles y de imbricación de unas personas con otras. Los valores cooperativos y solidarios que existieron tradicionalmente en numerosas colectividades van siendo sustituidos por actitudes egoístas e individualistas de darwinismo social, las espiritualidades se permutan por comportamientos hedonista-vacacionales, y la moral de las sociedades y la ética de las personas van siendo usurpadas en todos los casos por “lo que digan las leyes” y los tribunales del estado. A esto último le han puesto el nombre de “estado de derecho”.
Cualquier revolución, cualquier sociedad que valga la pena requerirá personas capaces de vivirla, seres humanos que realmente deseen la justicia, amen la libertad y estén dispuestos a luchar y sacrificarse para su consecución. El estado de bienestar, podemos afirmarlo, no contribuye a que exista ese tipo de personas. Más bien a todo lo contrario.
¿Por qué ahora el estado de bienestar está en crisis?
En nuestra opinión, por varias causas.
En primer lugar, las élites que controlan el poder político y económico en el primer mundo, a partir de la caída del Muro de Berlín y del derrumbe del bloque leninista, han ido paulatinamente perdiendo interés por un modelo que ya no les es tan imprescindible como antes. Una vez conjurada la “amenaza comunista” y lograda la garantía de que la población del primer mundo ha perdido cualquier tipo de deseo revolucionario, no necesitan invertir-repartir tanta riqueza en sobornar a la sociedad primermundista para apagar la llama insurreccional. Una vez los mecanismos adoctrinadores han dado su fruto y la inmensa mayoría de la población no cuestiona la ficción democrática del parlamentarismo, es posible aumentar la cuenta de beneficios —deseo permanente del gran capital por su propia naturaleza— a costa de algunas prestaciones estatales. Ese es el camino que se ha recorrido desde los años 90 hasta aquí, si bien en los últimos años se ha acelerado por causa de la crisis económica.
Una crisis que constituye un factor añadido. La burguesía —entonces clase social—, desde el siglo XIX organizada en torno a la institución del estado-nación liberal, es quien ha estado hasta hoy al mando de política y economía, tratando de mantenerse erguida a lomos de una bestia más bien poco controlable: el sistema económico capitalista. Dicho sistema, como es sabido, tiene sus ciclos largos y cortos, sus crisis financieras y sistémicas, sus recesiones e incluso una serie de contradicciones en las que podría estar escrito su derrumbe final. Hasta ahora la burguesía, luego convertida en oligarquía dominante, ha sabido cabalgar la bestia adaptándose a todos sus movimientos. Según han ido sucediendo unas y otras crisis, estas personas, desde la institución estatal, auténtica torre de control también de la economía, han ido tomando las decisiones convenientes para mutar y adaptarse a la nueva situación. Así, el sistema económico, según momentos y zonas, ha sido librecambista, proteccionista, keynesiano o ultraliberal (entre otras formas). El modelo económico ligado al estado de bienestar, el keynesianismo, ha venido siendo útil en momentos de fuerte desarrollismo. Los gurús de la economía han decidido que no es el más conveniente para capear momentos de crisis, y en consecuencia los gobiernos de los estados proceden hoy a recoger algunas de esas velas.
La crisis, que es productiva tanto como financiera, ha descuadrado el balance contable de los estados occidentales, los cuales se ven obligados a adoptar medidas de ahorro en su propia administración, así como ajustes diversos en las economías “nacionales” por una cuestión de “competitividad” ante otras economías emergentes. A ambos tipos de medidas responden los llamados “recortes sociales” que tanto rechazo generan en la población. Como la otra de las causas del “estado de bienestar” es la generación de mercados internos de consumidores, cabe interpretar que las autoridades de los estados occidentales tratarán de practicar los mínimos recortes que juzguen suficientes y cuya cuantía va a depender de la dimensión y duración de la crisis. Al menos en teoría. Como la citada crisis económica no solo afecta a los estados, sino también a las empresas privadas estamos asistiendo en numerosos países occidentales —en el estado español, por ahora, en pequeña medida— al “rescate” o adquisición por parte de los estados de empresas en crisis, bancos principalmente. Este trasvase de propiedad y de recursos económicos entre grandes empresas y estados (se privatiza, se nacionaliza, se vuelve a privatizar, se emite deuda, se “rescata” al banco que compró la deuda… moviendo fondos existentes e inexistentes de aquí para allá, pero siempre en manos de las minorías dominantes) es una patente demostración de que la institución estatal y el sistema económico capitalista son la misma realidad. Ni siquiera esos “mercados” a los que se invoca como una oscura mano que actúa contra los intereses de los estados, ergo contra los intereses de los ciudadanos, son otra cosa que una suma de entidades financieras y terceros estados “compradores” de deuda, es decir, prestamistas.
Resulta curioso que los agentes de “la izquierda”, que claman contra lo que juzgan “desmantelamiento del estado de bienestar”, apenas incluyan en sus peticiones conservadoras análisis económicos que avalen la viablidad de sus propuestas dentro del propio sistema liberal-capitalista, que es donde al parecer desean permanecer.
¿Cuál es la propuesta entonces?
Por si alguien venía entendiendo algo en esa línea, no estamos proponiendo pasar del bienestar al “malestar”. No se trata de derribar todo lo existente para volver a crear partiendo de cero. Por mucho que comprendamos al estado como una institución en manos de las élites y no del pueblo, no tendría sentido alguno renunciar “de golpe y porrazo” a todo lo que dicha institución hoy administra. Por ejemplo, mientras tomamos y no conciencia como sociedad y nos vamos autoorganizando en lo político y en lo económico, necesitamos un sistema de sanidad, entre otras cosas. Pero ello no quiere decir que no debamos a aspirar a dar los pasos necesarios para que el actual sistema sanitario esté, en un futuro, organizado y administrado democráticamente por las personas que son sus trabajadoras y usuarias, y no por dirigentes políticos y empresariales, como sucede hoy.
“La solución es la revolución” es un viejo eslogan recurrente en tiempos de crisis. Y es bien cierto. Pero una revolución que se ha de hacer paso a paso y con los pies en el suelo.
En primer lugar hay que despertar y tomar conciencia del engaño en que vivimos para no seguir defendiendo y apostando por aquello que nos destruye como sociedad y como personas, y que además es catastrófico para el medio ambiente… A continuación tendremos que comprometernos y empezar a generar alternativas auténticas a aquello que criticamos.
Frente a la dimensión contrarrevolucionaria del estado de bienestar habremos de crear grupos organizados y coordinados, movimientos sociales y espacios en los que reflexionar juntos en un primer momento para después salir al encuentro de la sociedad y de las instituciones, denunciando y enfrentándonos a los aspectos más inmorales y las consecuencias más nocivas del sistema, sin caer en el llamado reformismo burgués y, por ello, apuntando en cada acto a la superación de dicho sistema en toda su extensión.
Ante su dimensión de injusticia social y de grave atentado contra el medio ambiente, habremos de aprender a renunciar a aquellos elementos materiales de nuestra forma de vida que son superfluos, prescindibles, antiecológicos y comparativamente injustos, aprendiendo a vivir con menos y a ser más felices así. Desde ahí nos apoyaremos mutuamente e interpelaremos a la sociedad invitándola a seguir nuestro ejemplo. Ante perversos sofismas como el “desarrollo sostenible”, reivindicaremos el decrecimiento y la autogestión, abriendo caminos para experimentar fórmulas concretas de alternativa y superación del sistema económico capitalista.
Con respecto al déficit total de democracia, nos esforzaremos primero en denunciar tal situación con el fin de que sea conocida por el mayor número de personas. Evidentemente, dejaremos de participar y colaborar con cualquiera de los mecanismos que perpetúan la opresión (instrumentos coercitivos del estado) o sustentan la ficción democrática (elecciones). En su lugar desarrollaremos espacios asamblearios de participación horizontal y directa donde aprender primero a funcionar colectivamente con fórmulas realmente participativas, corresponsables y democráticas, para después extender estos espacios reclamando, disputando y arrebatando al sistema la potestad de decidir sobre las cosas que nos afectan. Asimismo, nos esforzaremos en crear alternativas tangibles y crecientes a todos los sistemas de adoctrinamiento vigentes: educativas, culturales y mediáticas.
Por último nos enfrentaremos a la destrucción que se está llevando a cabo actualmente de muchas de las características que a los seres humanos nos hacen ser tales, esforzándonos en recrear relaciones interpersonales y grupales verdaderas, de apoyo mutuo en lo económico, lo político y lo personal, tejiendo redes y alianzas de intereses e identidades comunes, generando sistemas amplios de participación en la gestión de la sociedad... Trabajaremos y tendremos en cuenta en nuestros grupos y movimientos sociales nuestras dimensiones humanas y psicoafectivas, las relaciones entre sexos, las necesidades de tipo cultural, espiritual, artístico… Reivindicaremos y tendremos muy presente la necesidad de una ética individual afirmada en valores positivos y de una moralidad social que ayude a mantener y desarrollar aquellos elementos comunes que se juzgan beneficiosos y necesarios, que además garantice la libertad de cada individuo en lo que se refiere a conciencia y opciones.
Fuente: http://www.grupotortuga.com/No-nos-parece-bien-la-defensa-del
Félix R. Mora: "El parlamentarismo como sistema de dominación".
23 de marzo de 2013
Heleno Saña: Cultura Obrera versus Cultura Burguesa
Friedrich Schiller
Conferencia leída el 30 de julio de 2010
en la sede del Movimiento Cultural Cristiano
"Al referirnos al significado
del concepto de cultura no podemos dejar de señalar que incluye
genéticamente las categorías de lo bello y lo verdadero, un tema que nos
volverá a ocupar más adelante, cuando analicemos la situación de la
sociedad tardocapitalista hoy dominante. Aquí nos limitamos a señalar
que toda cultura digna de este nombre es incompatible de raíz con la la
bajeza y la vulgaridad en sus distintas e innumerables acepciones,
presupone a priori su vinculación a la ética y la estética. Es partiendo
de estas enseñanzas que Schiller, en sus admirables cartas sobre la
educación estética de la humanidad, creó el concepto de "alma bella" o
schöne Seele, con el que quería sintetizar a las almas que viven
entregadas a un ideal superior y noble. Pues bien: al margen de las
muchas figuras sublimes que han surgido a lo largo de la historia
universal, creo que la lucha que la clase obrera sostuvo en su época
heroica por un mundo basado en la fraternidad y la justicia fue la
encarnación colectiva del "alma bella" descrita por Federico Schiller,
como iremos viendo en el curso de nuestro proceso de reflexión. Pero
volvamos antes la mirada al mundo opuesto de la burguesía y la "cultura"
o mejor pseudocultura creada por ella".
Heleno Saña
CULTURA OBRERA VERSUS CULTURA BURGUESA
Heleno Saña
¿Qué significa cultura?
El concepto de cultura es un concepto
integral que abarca todos los ámbitos axiológicos de la vida personal y
colectiva de una comunidad, por lo tanto un concepto que rebasa
cualitativa y cuantitativamente el área del saber y del conocimiento en
sentido estricto. Ésta es la razón de que individuos o grupos sociales
sin grandes conocimimientos intelectuales y teóricos puedan ser muy bien
portadores de valores humanos, espirituales y morales superiores a los
de los representantes oficiales del pensamiento y profesionales de la
intelligentsia.
Lo primero que hay que tener en
cuenta al hablar de cultura obrera es que la mayoría de sus
protagonistas han sido personas sin títulos ni diplomas académicos.
Nacidos en hogares modestos y obligados a trabajar desde niños para
contribuir al sostén de su familia, muchos de ellos aprendieron a leer y
a escribir cuando llevaban ya años ejerciendo una profesión, como fue
por ejemplo el caso de Ángel Pestaña o de Joan Peiró. Pero la carencia
de estudios superiores o medios no les impidió tener una visión clara de
lo que debería ser una sociedad justa y racional. Con esto queremos
dejar bien sentado que el valor de una cultura no debe medirse en modo
alguno por el volumen de conocimientos científicos o universitarios que
una persona pueda poseer, sino por su altitud moral. El mejor ejemplo de
esta experiencia siempre repetida nos lo ofrece la Alemania de la
primera mitad del siglo XX. Pueblo admirado y envidiado en todas partes
por su alto nivel filosófico, científico y técnico, demostró, con sus
horribles y nauseabundos crímenes, carecer de la más elemental cultura
humana y moral. Despojada de todo fundamento ético, la cultura puede
convertirse fácilmente en un instrumento al servicio de la incultura,
esto es, de la mentira, el oportunismo y la insolidaridad, una actitud
que por desgracia ha sido muy habitual entre los estratos pensantes y
los hombres de letras, a los que Jean-Paul Sartre calificaba en su libro
"Qu'est-ce que la littérature" de "lacayos de la burguesía".
Pero también su compatriota
Pierre Bourdieu ha dedicado muchas páginas a desenmascarar la vanidad,
las ambiciones bajas y la voluntad de poder que reina en los ámbitos
acádemicos de los que él mismo procedía. Pero ya el gran filósofo alemán
Arturo Schopenhauer denunció, desde su insobornable independencia y
honestidad, una y otra vez en los términos más duros el servilismo de
las grandes lumbreras del profesorado alemán de su tiempo, acusándoles
de vivir de la filosofía en vez de vivir para ella, un reproche que
puede aplicarse hoy a no pocos miembros de las respectivas oligarquías
culturales de cada país.
Pero lo peor son o han sido los
intelectuales que declarándose amigos de la clase obrera han tenido la
impudicia de afirmar públicamente que los obreros son incapaces de
emanciparse por sí mismos y necesitan por ello ser guiados por los
estratos cultos. Citaré como ejemplo paradigmático de esta actitud a
Karl Kautsky, el gran santón del marxismo de finales del siglo XIX y
primeros decenios del XX. "No podemos olvidar –escribía en una de sus
últimas obras- que el proletariado no puede llevar a cabo las grandes
tareas que por su posición social le corresponden sin la ayuda de los
intelectuales". Los pavos reales y escribas que razonan en estos
términos olvidan que las dos personas que más profundamente han influído
en la historia cultural de Occidente durante los dos últimos milenios y
medio eran de humildísima extración y carecían totalmente de cultura
libresca. Me refiero naturalmente a Sócrates y a Jesucristo. Uno era
carpintero y el otro marmolista, y ninguno de los dos nos dejó nada
escrito. Pero su falta de conocimientos intelectuales al uso no impidió
que Sócrates nos legara la cultura del diálogo y del bien y Jesucristo
la cultura de la misericordia y del amor.
Al referirnos al significado del
concepto de cultura no podemos dejar de señalar que incluye
genéticamente las categorías de lo bello y lo verdadero, un tema que nos
volverá a ocupar más adelante, cuando analicemos la situación de la
sociedad tardocapitalista hoy dominante. Aquí nos limitamos a señalar
que toda cultura digna de este nombre es incompatible de raíz con la la
bajeza y la vulgaridad en sus distintas e innumerables acepciones,
presupone a priori su vinculación a la ética y la estética. Es partiendo
de estas enseñanzas que Schiller, en sus admirables cartas sobre la
educación estética de la humanidad, creó el concepto de "alma bella" o
schöne Seele, con el que quería sintetizar a las almas que viven
entregadas a un ideal superior y noble. Pues bien: al margen de las
muchas figuras sublimes que han surgido a lo largo de la historia
universal, creo que la lucha que la clase obrera sostuvo en su época
heroica por un mundo basado en la fraternidad y la justicia fue la
encarnación colectiva del "alma bella" descrita por Federico Schiller,
como iremos viendo en el curso de nuestro proceso de reflexión. Pero
volvamos antes la mirada al mundo opuesto de la burguesía y la "cultura"
o mejor pseudocultura creada por ella.
El ascenso de la burguesía
El ascenso de la burguesía como
clase dominante se produce en parte por vía evolutiva y pacífica, en
parte por medio de las insurrecciones armadas contra la nobleza y las
clases altas que estallan en las postrimerías de la Edad Media. El
pueblo bajo, los estratos medios y la pequeña nobleza se rebelan de
manera creciente contra el poder feudal. Así vemos que a partir del
siglo XIII se producen un gran número de rebeliones antiifeudales, entre
las que figuran las Jacqueries francesas, la rebelión de los
arnoldistas y albigenses, de Fra Dolcino en Italia, del pueblo holandés
en el siglo XIV, de John Bull y Watt Tyler en Inglaterra. Estos
levantamientos armados contra la casta feudal alcanzan su punto
culminante en el siglo XVI con la revolución husita en Bohemia, la
guerra de los campesinos alemanes y la guerra de los Comuneros de
Castilla y de las Germanías en España.
A partir de la Reforma
protestante de Lutero y de Calvino, el enfrentamiento con el feudalismo
se convierte asimismo en una lucha contra la Iglesia de Roma. La
burguesía del centro y el norte de Europa utilizó en efecto el credo
protestante para sublimar religiosamente su lucha contra el feudalismo.
La Reforma –especialmente la de signo calvinista- contribuyó en alto
grado a fomentar el espíritu capitalista, como demostraría Max Weber en
su famoso libro "El capitalismo y la ética protestante": "Es un hecho
que los protestantes han mostrado una inclinación específica hacia el
racionalismo económico que no se ha dado ni se da de modo parecido entre
los católicos", escribiría. El influjo del calvinismo fue especialmente
profundo en Inglaterra y en Holanda, que Marx calificaría como la
"nación capitalista modelo del siglo XVII". A través de la colonización
inglesa, el espíritu capitalista saltó más adelante a la América del
Norte.
Las revoluciones burguesas
El triunfo de la burgesía
adquirirá carta de naturaleza definitiva con la revolución inglesa de
1688, la declaración de la independencia norteamericana de 1776 y la
revolución francesa de 1789.
La burguesía inglesa fue la
primera que hizo valer sus derechos específicos de clase frente a la
realeza y la nobleza, pero a la inversa de Francia y otros países, nunca
pretendió liberarse enteramente de su hegemonía y de su significado
simbólico, lo que hizo escribir a Engels en su obra "Socialismo utópico y
socialismo científico": "La burguesía inglesa está todavía hoy tan
impregnada del sentimiento de su inferioridad social, que financia con
sus propios medios y los del pueblo a una clase decorativa de ociosos
para representar dignamente a la nación en todas las circunstancias
solemnes".
La revolución francesa de 1789
fue muy radical a la hora de destruir las instituciones políticas del
"ancien régime", pero no hizo nada sustancial para superar o amortiguar
las desigualdes económicas y sociales. Y ello reza en primer lugar para
Robespierre, cínico defensor de la propiedad, como declararía
retóricamente el 24 de abril de 1793 ante la Convención: "De lo que se
trata no es de suprimir la opulencia, sino de hacer honorable la
riqueza". Y lo mismo reza para Saint-Just, quien a pesar del grave
problema de la escasez de subistencias, del acaparamiento de cereales y
de la creciente carestía de los artículos de primera necesidad, se
declaró partidario de la libertad de comercio, esto es, del sistema
económico burgués.
Los "sans-culottes" y los
"enragés" fueron el único grupo que exigía una política socialmente
revolucionaria. O como decía Jacques Roux, uno de sus principales
líderes: "¿Qué es la libertad cuando una clase de hombres puede matar de
hambre a la otra? ¿Qué es la igualdad cuando el rico puede por medio de
su monopolio ejercer derecho de vida y muerte sobre sus semejantes?".
Pero Roux, Hébert y otros representantes de la revolución social fueron
ejecutados.
La burguesía tanto inglesa y
norteamericana como francesa no sólo no hizo nada para mejorar las
condiciones de vida y de trabajo de las clases aslariadas, sino que
introdujo un sistema electoral restringido destinado a favorecer los
intereses de las clases altas y medias y eliminar al pueblo de la
dinámica pública. Baste decir que bajo el reinado de Luis Felipe
(llamado el rey burgués), el censo electoral de Francia se reducía a
250.000 personas, y ello en un país con treinta millones de habitantes.
Los padres de la ideología burguesa
El paulatino ascenso de la
burguesía como hegemón europeo fue precedido o acompañado de la
elaboración de una concepción teórica ajustada a los intereses y
objetivos de la nueva clase rectora.
La santificación ideológica del
orden burgués tiene lugar principalmente en Inglaterra y es iniciada por
Hobbes, autor de la obra "El Leviatán", el primer modelo teórico de la
sociedad burguesa en versión autoritaria. El fin del Estado-Leviatán
concebido por Hobbes es el de hacer posible que todos los ciudadanos
gocen en paz de la propiedad privada y el bienestar material. Hobbes
tenía una concepción altamente pesimista de la criatura humana, lo que
explica que definiera al hombre como un lobo para el hombre, homo homini
lupus. Partiendo de este supuesto creía que la misión del orden
político establecido por el Leviatán es el de institucionalizar y
legalizar la "guerra de todos contra todos" que según él tiene lugar en
el estado natural, un principio que la burguesía sublimará como
"competencia".
Frente a la concepcion
hobbesiana, John Locke representa la opción liberal y antiautoritaria de
la ideología burguesa. También contra el pesimismo antropológico de
Hobbes, afirma que en su estado natural los hombres son iguales, libres e
independientes. "Quien intenta esclavizarme se coloca en estado de
guerra contra mí", escribirá en su libro "On civil government". La
finalidad de la sociedad civil es la de asegurar la libertad, la vida y
la propiedad del hombre, como señalará en la misma obra: "El supremo y
principal objetivo que empuja a los hombres a unirse en comunidades
políticas y a someterse a un gobierno, es la conservación de su
propiedad y el goce de ella en paz y seguridad". En estos escuetos
párrafos está sintetizada la raíz materialista del credo burgués y su
radical contraste con las enseñanzas del humanismo griego y la doctrina
cristiana, trátese de la idea del bien y la justicia, del cultivo del
alma, de la amistad, del espíritu comunitario o del amor al prójimo.
En el plano más específicamente
económico, el hombre que dará forma clásica al ideario burgués será Adam
Smith, autor de "La riqueza de las naciones", obra considerada, desde
su aparición en 1759 hasta hoy, como la biblia del liberalismo
económico, un liberalismo que la mayor parte de sus discípulos
convertirán en darwinismo social, como en las últimas décadas ha
ocurrido con el neoliberalismo inventado en mala hora por Milton
Friedman y su "Chicago School of Economics", uno de los engendros
teóricos más siniestros de la segunda mitad del siglo XX. Adam Smith
estaba convencido de que la libertad de comercio y la libre competencia
constituían una especie de "mano invisible" capaz de asegurar por si
sola un funcionamiento óptimo de la sociedad. Al margen de que se
compartan o no sus teorías económicas, hay que decir en su honor que
además de escribir "La riqueza de las naciones" es autor del libro "The
Theory of Moral Sentiments", en el que reivindicaba el espíritu
solidario o lo que él llamaba fellow feeling, término que podríamos
traducir como "compañerismo". Pero ya en su obra "La riqueza de las
naciones" señalaba en términos inequívocos que una sociedad en la que
"la mayor parte de sus miembros viven en estado de pobreza no puede ser
feliz".
El autocentrismo burgués
La ideología burguesa no se
limita a elaborar un sistema político y económico, sino que parte
también de una concepción del hombre y de los valores relacionados con
su autorrealización. El rasgo central del individuo concebido por el
credo burgués es el autocentrismo, esto es, la prioridad absoluta del yo
sobre la comunidad. La motivación máxima del individuo burgués es, en
efecto, la del expansionismo personal a toda costa, también cuando esta
meta sólo puede ser alcanzada por medio del avasallamiento de los demás.
El burgués concibe la sociedad como campo de batalla y promesa de
botín, una actitud que Max Horkheimer definió como "El imperialismo del
yo". Detrás de este autocentrismo insolidario late siempre el fetichismo
del éxito, que es la raíz de todas las deformaciones de carácter
engendradas por el ideario burgués, empezando por el espíritu de lucro y
el culto a Mammon y la indiferencia por el dolor ajeno. El burgués
quiere ser siempre más que los demás, no mejor que ellos, sino más
poderoso y más rico. La elección de estos bienes de quita y pon como
summum bonum son por lo demás el subproducto de la radical incapacidad
del burgués para elevarse a formas de ser, pensar y obrar de signo
humana y moralmente superiores. Simplificando podríamos decir que el
individuo burgués es lo que es porque carece de los atributos necesarios
para poder ser otra cosa. Su misma obsesión por el éxito, el
encumbramiento social y la acumulación de trofeos no es más que una
prueba de la vulgaridad y bajeza de su idiosincrasia. De ahí que en el
fondo no sean más que pobres diablos dignos de lástima.
El egocentrismo que guía los
pasos del individuo burgués explica a su vez su ineptitud para
comprender las necesidades, aspiraciones y derechos de sus semejantes.
Lo único que le importa es su privacy y el cultivo de su jardín privado.
La ideología burguesa carece del concepto de totalidad social, está
basada en el solipsismo y en la atomización individual, en lo que el
filósofo checoeslovaco Karel Kosik llamó en su día el "divisionismo de
los horizontes subjetivos". (Dialéctica de lo concreto). De ahí que la
sociedad burguesa no sea propiamente una sociedad, sino su negación más
absoluta, y ello ya por el solo hecho de que toda la dinámica burguesa
se apoya en el concepto de competencia. Y dado que este concepto es
interpretado comúnmente en sentido apologético, me apresuro a consignar
que quien acepta las reglas de juego de la competencia pasa a elegir
automáticamente la rivalidad y la hostilidad como única forma de
convivencia, un estado de cosas que la gran teólogo Dorotea Sölle
identificaba con el pecado: "Pecado es un clima social en el que el
hombre se ha convertido en enemigo del hombre". Nos hemos convertido en
mónadas encerradass en sí mismas y separadas unas de las otras por un
profundo abismo de incomprensión, indiferencia mutua, acritud e
incomunicación.
El principio de competencia
lleva potencialmente en sus entrañas el momento de la eliminanción del
contrario, aunque esta eliminación no aboque siempre a la eliminación
física, como ocurre en las fases históricas en las que la ferocidad
competitiva adquiere la forma del belicismo abierto. Y no necesito
subrayar que la praxis eliminatoria de la burguesía durante los períodos
de "competencia pacífica" consiste en dejar morir de hambre y de
miseria a los sectores de población que por su carencia de poder
adquisitivo no están en condiciones de contribuir al incremento de la
plusvalía capitalista, como sucede hoy no sólo pero especialmente en las
zonas indigentes del planeta.
Lo peor que se puede decir de la
cosmovisión burguesa es que ha generado un tipo de individuo capaz de
gozar de la vida y sentirse ilimitadamente satisfecho de sí mismo en
medio del inmenso dolor existente en el mundo, esto es, de haber
universalizado un modelo de hedonismo que fomenta sistemáticamente los
instintos bajos de la naturaleza humana y asfixia de raíz los de signo
elevado.
El testimonio literario
Para comprender el carácter
inhumano, cínico y destructivo de la ideología burguesa no es necesario
recurrir a las doctrinas anticapitalistas y revolucionarias elaboradas
por la clase obrera y los intelectuales afines a su causa, sino que
basta con echar una ojeada al testimonio de la literatura surgida a lo
largo del siglo XIX y parte del XX, que es la época en la que la
burguesía establece y consolida su dominio de clase a nivel planetario.
El surgimiento de la novela social de Charles Dickens, Victor Hugo,
Émile Zola, Tostoi, Máximo Gorki y otros autores constitiuye uno de los
fenómenos intelectuales más importantes de la época, pero no menos
significativo es el testimonio de escritores, poetas y artistas
procedentes de la burguesía y la pequeña burguesía que manifiestan su
descontento con el modelo de vida introducido por la clase a la que
ellos mismos pertenecen. El valor de esta literatura a menudo
autobiográfica e intimista radica precisamente en el hecho de que aborda
temas y aspectos del individuo moderno que trascienden la esfera de la
problemática social. Y es aquí donde radica su perenne actualidad. Hasta
cierto punto es lícito decir que va a ser precisamente la
hipersensibilidad de estos hombres de letras la que mejor captará el
doloroso sinsentido de la existencia inhumana y brutal erigida por la
burguesía.
Se trata, con pocas excepciones,
de una literatura crítica y agónica que a través de sus protagonistas
expresa la frustración, la soledad, el hastío, la melancolía y otros
conflictos y estados de ánimo interiores originados por el credo
burgués, que Carlyle sintetizará con razón como "the mechanical age". Lo
que el joven Goethe expresa por boca de su protagonista "Werther",
sintetiza y anticipa a la vez la insatisfacción interior y la protesta
callada de las nuevas generaciones literarias y artísticas: "¡Ah, este
vacío, este terrible vacío que siento en mi pecho!". Es lo que cada uno a
su manera expresarán Lord Byron, Shelley, George Sand, Alfred de
Musset, Rimbaud, Baudelaire, Stephan Mallarmé, Hermann Hesse o el judío
Franz Kafka, el mismo Kafka que escribirá a su prometida Milena: "Mi ser
es miedo", un miedo individual que pocas décadas después se verá
confirmado trágicamente a nivel colectivo en Auschwitz y demás campos de
exterminio nazis. Pero ya el danés Soren Kierkeggard anticipa la época
que se avecina al centrar su obra en los temas de la angustia y la
desesperación. Siguiendo sus pasos, nuestro Unamuno hablará del
"sentimiento trágico de la vida".
Este alud de literatura dirigida
contra el sinsentido y el vacío espiritual de la vida burguesa
encuentra una de sus últimas expresiones en la literatura
existencialista y su afirmación del absurdo como la raíz de la vida
humana, como hará Albert Camus en su relato "El extranjero" y Sartre en
"La náusea" o en su obra filosófica "El ser y la nada", en la que
definirá al hombre como "una pasión inútil". Pero ya el filósofo Martín
Heidegger dará forma definitiva a este pesimismo existencial al afirmar
en 1927 que el hombre no es otra cosa que "ser-para-la-muerte".
La respuesta obrera
La respuesta del obrerismo al
principio de competencia postulado por la burguesía es el espíritu
cooperativo. Mientras el credo burgués subordina la cuestión social a
los intereses del capital, la cultura obrera la considera como la
columna vertebral de su ideario. Y mientras que la burguesía da por
supuesto que la única función que corresponde al asalariado es la de
trabajar para los detentadores del capital y obedecer al poder político a
su servicio, los obreros cobran muy pronto conciencia de que su destino
es precisamente el de poner fin a este estado de cosas y luchar por un
mundo basado en la igualdad social y la dignidad de la persona.
Los obreros no se rebelan sólo
para mejorar sus condiciones de vida y de trabajo, sino para establecer
un sistema de producción y convivencia en el que no habrá ya sitio para
la explotación del hombre por el hombre. Y para alcanzar esta noble meta
asume conscientemente el riesgo siempre presente de la persecución, la
pérdida del empleo, el exilio, la cárcel o el piquete de ejecución.
A la cultura obrera pertenece,
en lugar preeminente, la cultura del sacrificio por un ideal superior.
También en este aspecto crucial se diferencia del utilitarismo burgués,
que no conoce otra motivación que la de acumular billetes de banco y de
gozar sin remordimientos de conciencia de las ventajas y privilegios
inherentes al poder y la riqueza.
A pesar de que la cultura obrera
emerge históricamente como un proceso de rebeldía, es por antonomasia
una cultura irénica que aspira a la pacificación de la sociedad y del
mundo. También en este aspecto tan trascendental constituye la negación
absoluta de la cosmovisión burguesa, cuya manera de proceder ha estado
basada siempre en la ley del más fuerte, un principio de acción que ha
aplicado y sigue aplicando sistemáticamente para oprimir todo lo que se
oponga a sus intereses. De ahí que la historia de la burguesía sea
inseparable de la represión, el belicismo, el imperialismo y el
colonialismo en sus diversas acepciones.
La cultura irénica del
proletariado es asimismo inseparable de una visión universalista del
hombre y de los pueblos. De ahí que entre sus postulados figurase desde
muy temprano el principio del internacionalismo, esto es, la convicción
de que los grandes problemas de la humanidad no pueden ser enfocados y
resueltos más que desde una perspectiva transnacional o ecuménica. Aquí
también la cultura obrera se distancia del culto burgués al
Estado-nación, en nombre del cual se han cometido y siguien cometiéndose
los más viles crímenes. Y por supuesto, la cultura obrera es totalmente
ajena a la aberración del racismo, un fenómeno que si bien ha existido
en mayor o menor grado en todas las civilizaciones, alcanzará sus
dimensiones más nauseabundas en el seno de la civilización creada por la
burguesía capitalista. El Estado-nación moderno ha engendrado el
terrible virus del etnocentrismo, el nacionalismo y el racismo abierto
surgido sobre todo como teoría sistemática en el curso de la segunda
mitad del siglo XIX y primeras décadas del XX.
La espiritualidad obrera
Estas notas sobre la cultura
obrera quedarían muy incompletas si dejásemos de consignar que su rasgo
más profundo es el de la espiritualidad. Los obreros luchan ciertamente
por la mejora y la dignificación de sus condiciones de vida y de
trabajo, pero estas reivindicaciones materiales son sólo la expresión
inmediata y prima facie de un ideal salvífico destinado precisamente a
eliminar la economía como la instancia suprema de las relaciones
interhumanas y colectivas. No se rebelan pues sólo contra las
injusticias de la economía burguesa, sino que su norte es el de
erradicar de la faz de la tierra la categoría misma de homo oeconomicus
fabricada por la burguesía y sustituirla por un modelo de sociedad y de
convivencia en el que la propiedad de bienes materiales perderá su razón
de ser.
La espiritualidad obrera se
manifiesta en primer lugar como afán de autoperfecionamiento humano y
moral, que es por lo demás la condición previa para que los hombres
aprendan a convivir sin destruirse unos a los otros. Este afán de
autoperfeccionamiento explica la importancia que el ideario obrero
concede a la pedagogía en sentido estricito y a la educación en sentido
amplio. Esta preocupación por los bienes culturales conducirá desde el
principio a la fundación de un gran número de centros docentes,
publicaciones, ateneos, casas del pueblo y foros populares de la más
diversa índole pero cuyo denominador común es el deseo de aprender y
buscar por cuenta propia los conocimientos teóricos que toda persona
necesita para no andar a ciegas por la vida. Una de los capítulos más
conmovedores del obrerismo ha sido el del ingente esfuerzo realizado
para crearse una cultura propia y responder así a la cultura clasista
creada por la burguesía. Y este es el momento adecuado para señalar que
la única cultura digna de este nombre surgida a lo largo del siglo XIX y
parte del XX fue la que pusieron en pie los obreros y la de los
intelectuales que salieron en su defensa y se identificaron con sus
ideales emancipativos. Y si digo esto es porque fue también la única
cultura que partía de la idea eterna del bien común, mientras que la
cultura burguesa era una pseudocultura al servicio de objetivos tan
innobles, ruines, mezquinos y perniciosos como el espíritu de lucro, la
voluntad de poder, la explotación del débil, la vanidad y el culto al
hedonismo. Cultura es por definición cultura humana y afectiva, y donde
faltan estos atributos no puede hablarse de cultura, por muchos diplomas
y títulos universitarios que se exhiban, títulos que hasta hoy han sido
utilizados no siempre pero en gran parte para perpetuar el reino del
mal erigido por la burguesía.
La herencia del pasado
La cultura gestada por el
obrerismo en su período heroico constituye un fenómeno único en la
historia de la humanidad, pero lejos de ser una creatio ex nihilo se
nutre de los valores eternos creados por los grandes maestros
espirituales e intelectuales del género humano. Por su devoción a la
cultura, el obrerismo moderno entronca directamente con el logos y la
paideía griega, por su vocación redencional y su espíritu de sacrificio,
más bien con el cristianismo primitivo. La herencia helénica la recibe
el obrero sobre todo por mediación del humanisno renacentista y el
racionalismo moderno, su fe en la redención del género humano a través
de la filosofía del progreso elaborada por Condorcet, Voltaire, Turgot y
otros ilustrados, versión secularizada, a su vez, de la escatología y
el mesianismo judeocristianos. El anticlericalismo, el agnosticismo y el
ateismo profesado por una gran parte de la militancia obrera
especialmente a partir de Proudhon, Bakunin y Marx, procede directamente
del materialismo de Bayle, el barón d'Holbach, Helvetius o Diderot. El
internacionalismo obrero se halla ya en esencia preconfigurado en el
estoicismo y su afirmación del cosmopolitismo o ciudadanía cósmica,
aunque esta concepción universalista o ecuménica no cobrará vigencia
histórica hasta el advenimiento del cristianismo.
Es de esta síntesis de diversas
corrientes de pensamiento no siempre convergentes o incluso antagónicas
que se se irá forjando el credo obrero.
El declive de la cultura obrera
No podemos concluir este resumen
apretado de lo que signifcó y fue el obrerismo en el período heroico de
su confrontación con la burguesía sin referirnos a su situación actual,
caracterizada ante todo por el declive de sus valores militantes y
humanos, del hundimiento de sus foros culturales y del aburguesamiento
de su pensamiento y su conducta.
La integración del asalariado
occidental al sistema capitalista, que se vislumbraba ya claramente
antes de la I Guerra Mundial, pasó a convertirse en un hecho consumado
tras la II Guerra Mundial y constituye desde entonces uno de los
fenómenos centrales y más tristes de la historia contemporánea. En todo
caso, la clase trabajadora ha dejado de ser desde hace tiempo la
negación de la sociedad burguesa. En primer término, los obreros
manuales que constituían la mayoría de la población activa y la
vanguardia del proletariado militante, han sido sustituídos en gran
parte por estratos de empleados y técnicos con una mentalidad más
individualista y pequeño-burguesa y, por tanto, más inclinados a pactar
con el capitalismo que a enfrentarse a él. Pero este proceso de
aburguesamiento, lejos de limitarse a los nuevos sectores laborales y
profesionales, ha penetrado también en las filas del proletariado
clásico, que en lo esencial comparte el fetichismo consumista del
asalariado administrativo.
La integración de la clase
trabajadora al sistema burgués explica también que tras la II Guerra
Mundial, el capitalismo haya podido desarrollarse sin apenas trabas,
tanto en el plano extensivo como intensivo. La preocupación del
asalariado medio no es hoy la de cambiar el orden imperante, sino la de
adaptarse a él en las mejores condiciones posibles. Èsta es también la
línea de conducta de lo que queda de sindicalismo, que ya a nivel de
afiliación pierde cada vez más la fuerza cuantitativa y representativa
que tuvo en épocas menos conformistas. La militancia de antaño que vivía
entregada en cuerpo y alma a la causa del proletariado ha sido
sustituída por dirigentes y cuadros sindicales más interesados en
conservar sus cómodos y bien remunerados puestos que en hacer frente a
las canalladas constantes de los representantes del capital, del Estado y
de los partidos políticos en el poder, cuyas consignas siguen a menudo
devotamente. Todo esto explica que el sindicalismo que se ha impuesto en
los países industrializados en el curso de las últimas décadas haya
renunciado a la lucha de clases y elegido la opción de la partnership
interclasista, o dicho en castellano, la colaboración de clases.
De lo que no cabe duda es de que
la vieja lucha entre proletariado y burguesía ha sido ganada por esta
última. Y al decir esto no me refiero sólo a la derrota económico-social
sufrida por el asalariado, sino también y especialmente a su derrota
cultural. Me permito, en este contexto, reproducir aquí lo que hace
ahora cerca de cuarenta años escribí en mi libro "Cultura proletaria y
cultura burguesa", a saber: "El triunfo de una clase sobre otra no se
manifiesta únicamente por el predominio económico ejercido por ella
sobre los demás grupos sociales, sino, sobre todo, por la capacidad que
esa clase demuestra en imponer su propio estilo de vida y sus propios
valores al resto de la población". Si lo que acabo de citar era ya
entonces un hecho consumado, lo es hoy todavía más.
El obrero ha perdido el sentido
de la trascendencia que latía en el pecho de sus compañeros de antaño,
se ha dejado encapsular en la inmanencia a ras del suelo impuesta por la
ideología burguesa, en la que no hay lugar para la proyección
redencional y la visión de un futuro basado en la hermandad de todos los
seres humanos. Si ha dejado de mirar a lo lejos y a lo alto y no se
rebela contra la injusticia reinante es porque vive en estado de
autoalienación y ha asumido mimética y acríticamente la identidad
postiza que el tardocapitalisimo le ha inoculado.
De cara al futuro
La derrota histórica de la clase
obrera y de la cultura creada por ella ha dado paso a un vacío
oposicional que hasta el momento ninguna fuerza social o política ha
logrado o querido llenar. Especialmente las clases medias no sólo se han
revelado como incapaces de contrarrestar eficazamente el irracionalismo
capitalista, sino que en su inmensa mayoría han sido sus más devotos
lacayos, ya por el solo hecho de que es la clase que tiene en sus manos
la gestión técnica del gran capital, la que dirige las empresas, la
banca, el mundo bursátil, la política, los lobbies introducidos en todas
las esferas del poder, los organismos internacionales, los tribunales
de justicia, los bufetes de abogado, las fuerzas armadas, la industria
de la cultura, la enseñanza y los medios de comunicación de masas. Con
no muchas excepciones, son ellas las que aseguran el funcionamiento del
Moloch capitalista y las que toman las medidas necesarias para que todas
las instituciones y organizaciones de la res publica conserven el
carácter clasista que generalmente han tenido.
No menos descorazonador que este
estado de cosas es la desmoralización y el pesimismo que se han
apoderado del ciudadano medio, también de las personas que no se han
dejado hipnotizar por el discurso capitalista y siguen añorando un mundo
más justo y más humano. Pero es precisamente esto lo primero que hay
que combatir: la resignación, la idea de que todo está ya perdido y que
no queda otra opción que la de cruzarse de brazos y ver como el mundo
sigue rodando hacia el abismo. Por mi parte pienso que el primer acto de
resistencia contra los administradores del poder es el de no sucumbir
al desaliento, que es por lo demás lo que ellos desean para seguir en el
candelero y eternizar su dominio.
Dicho esto añadiré que toda
persona dispuesta a luchar por el bien común debe resistir la tentación
de medir su compromiso personal por el éxito real o potencial que pueda
tener. Dije antes y repito aquí que el culto al éxito es un producto
burgués, incluso el rasgo burgués por excelencia. Lo que el joven Sartre
escribió en "La náusea" es más actual que nunca: "Sólo los cerdos creen
ganar". Hay que servir a la verdad y al bien sin especular de antemano
sobre la posible repercusión cuantitativa de nuestros actos. Obrar de
otra manera significa elegir el criterio burgués del utilitarismo o de
lo que Ernst Bloch llamó "la ideología del cálculo". Es exactamente
cuando todo el mundo abandona el ágora pública y cierra los ojos ante la
injusticia que hay que demostrar la autenticidad de los valores que uno
lleva dentro. Luchar cuando el viento sopla a favor no constituye
ninguna proeza; lo verdaderamente heroico es hacerlo cuando alrededor
nuestro no vemos en general más que egolatría, deshumanización,
embrutecimiento moral e indiferencia hacia el dolor ajeno. Quien no haya
comprendido que la lucha por los débiles, desamparados y oprimidos
incluye la experiencia amarga de la soledad y el sufrimiento interior,
no comprenderá nunca la raíz más íntima de esta opción.
Practiquemos pues el bien sin
esperar a que los demás hagan lo mismo. No olvidemos tampoco que antes
de convertirse en movimientos colectivos o de masas, muchos o casi todas
las grandes epopeyas salvíficas de la historia universal nacieron en el
pecho de individuos aislados o de pequeños grupos, y no necesito ante
un auditorio como el vuestro señalar en quien o quienes estoy pensando
al decir esto.
Por lo demás, no estamos nunca
totalmente solos, y para cobrar conciencia de ello basta con pensar en
las innumerables personas de ambos sexos y de las más diferentes edades y
creencias que en todos los confines del mundo consagran su vida a hacer
el bien y a servir al prójimo sin saber unas de las otras.
Una gesta insustituible
Quien se proponga dar a su vida
el sentido excelso que estamos sugiriendo aquí y busque fuentes de
inspiración y orientación para su propósito, las hallará en alto grado
en la cultura social, laboral, interhumana y moral creada y practicada
en su día por la militancia obrera. En efecto: la misma cultura que es
hoy ignorada por los sectores mayoritarios del propio asalariado,
contiene enseñanzas, experiencias y valores insustituibles para la
configuración de un mundo menos sórdido, cínico, banal, inhumano y
destructivo del que prevalece en la sociedad actual. Lo primero que en
este contexto hay que tener en cuenta es que la cultura obrera fue el
ejemplo más sublime y completo de cultura societaria surgida en los dos
últimos siglos. Este ciclo histórico dio también a la humanidad un
notable número de personalides excepcionales dignas de ser rememoradas y
veneradas, pero la única cultura que adquirió dimensiones colectivas
fue la que pusieron en pie los militantes del movimiento obrero en su
fase de plenitud.
Tras el eclipse de esta
grandiosa gesta cosmohistórica no ha surgido nada que ni de lejos pueda
ser comparado a ella. El movimiento estudiantil del 68 pretendió hasta
cierto punto seguir los pasos del obrerismo revolucionario, pero a pesar
de la espectacularidad de su discurso y de su praxis, no logró echar
raíces profundas en la sociedad, y menos en el seno de las clases
trabajadoras. No olvidaré nunca lo que un grupo de emigrantes españoles
que trabajaban en las Factorías Opel de Rüsselsheim le dijeron en
presencia mía a Daniel Cohn-Bendit cuando el héroe de las barricadas de
París intentaba, a principios del 70, ganar a los obreros extranjeros
para sus planes de agitación y subversión: "No tienes idea de lo que es
el mundo del trabajo". No pocos de los líderes estudiantiles que habían
capitaneado la rebelión contra la Universidad y el Estado capitalista se
dedicaron más tarde a hacer carrera dentro de las mismas instituciones y
estructuras de poder que habían querido derrocar, como hicieron el
propio Cohn-Bendit o su amigo Joschka Fischer, que llegó a ministro de
Asuntos Exteriores y escribe ahora artículos para periódicos burgueses
como "El País". Y no hablemos ya de los activistas antiautoritarios que
finalmente optaron por recurrir a la aberración del terrorismo, como
ocurrió con el grupo Baader-Meinhof.
De aquella insurrección
frustrada surgiría más tarde el ecologismo, un movimiento o corriente de
pensamiento que aun admitiendo su loable propósito de salvar a la madre
naturaleza de las tropelías cometidas contra ella por la ciencia y la
técnica al servicio del gran capital, no se ha propuesto nunca ni de
lejos una transformación a fondo de las estructuras económicas y
sociales imperantes en la sociedad tardocapitalista. Por lo que respecta
al feminismo militante hoy en boga, se trata de una deformación
absoluta de lo que debería ser la reivindicación y la defensa de los
derechos y la identidad genuina de la mujer, y para convencerse de ello
basta con dirigir por un momento la mirada al elenco de ministras que el
señor Rodríguez Zapatero ha reunido en torno suyo, empezando por la que
detenta la cartera de Defensa, cargo que ya por su sola función está en
contradicción abierta con los atributos del alma femenina y materna.
Frente al grado de bajeza a que
ha llegado la casta dominante, quiero subrayar una vez más con todo
énfasis el fecundo papel que la vieja cultura que nos ha legado el
movimiento obrero puede jugar en el proceso de autoliberación de la
humanidad. Las mujeres y los hombres que en su día pusieron en pie esta
cultura han muerto desde hace mucho tiempo, pero los valores que
encarnaban conservan toda la vigencia que tuvieron desde el principio.
De ahí que evocar su ejemplo no constituya un anacronismo, sino un
intento de recuperar y reactualizar su mensaje eterno para el mundo de
hoy y del mañana. El verdadero anacronismo consiste en creer que la
única opción que nos queda para el futuro es la de seguir guiándonos,
como hasta ahora, por los contravalores y subvalores impuestos por el
sistema capitalista-burgués.
Heleno Saña
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